Alguna vez, había sentido todo lo contrario: creía ser el representante en la realidad de Truman, el de la película, claro, el que todos miran por televisión. Se sentía filmado, observado todo el tiempo. Creía entrar a un kiosco a comprar un chocolate y que la kiosquera lo reconocía, sentía en su cara, en la forma de atenderlo, que en la cabeza de ella rebotaba la histérica frase de “¡mirá, es el de la tele!”, nerviosa, por no poder compartirla con nadie. Lo mismo le pasaba cuando salía a comer a alguna parte o cuando simplemente caminaba por la calle, o en los boliches, o en cualquier lado. Claro que era una fama un tanto extraña porque nadie se le acercaba, pero él asumía que eso pasaba porque nunca tenía que enterarse de que era filmado las 24 horas del día, todos los días, como si en vez de ser The Truman Show fuese El Show de Marco.
Alguna vez, había sentido algo así. Con la maduración que el tiempo, a veces, trae, creyó que tener esa forma de ver las cosas era demasiado egocéntrica. Cómo iba a creerse el centro de un espectáculo real, en el que la sociedad entera estuviera involucrada desde la complicidad de sostener esa vida en la pantalla chica, observada meticulosamente, teniendo picos de rating históricos. Después de poder correrse de ese punto en el centro del universo, empezó a hacer todo lo posible para erradicar de su cabeza cada uno de los razonamientos que habían construido la posibilidad de ser el protagonista de un programa televisivo de semejante magnitud. No le fue fácil, claro, pero más tarde que temprano, llegó a encontrarse en un lugar en el que no sólo no era en el centro, sino que era en uno de los bordes, a punto de caerse del mapa de sus prioridades. Cuando se vio ahí, se rió. “Qué extremista”, susurró.
Pero pasó a tener otro problema. Siempre, creía, que se soluciona un problema, surgen nuevos. Y esta no fue la excepción. Ahora su preocupación se centraba en comenzar a ser un poco, sólo un poco más visible para el resto del mundo. Y no se trataba de una mera victimización de él mismo, no. Porque, claro, la victimización sistemática es una de las formas que adopta el egocentrismo. En este caso, tardó en asumir que se estaba convirtiendo en invisible, de a poco, sin prisa pero sin pausa.
Las primeras señales fueron los taxistas: venían andando por las calles de la ciudad, en horarios pico o en esos en los que no circula más que ese taxista y el peatón que quiere subirse, con el cartelito de Libre encendido, y no frenaban cuando él levantaba el brazo, generalmente el derecho. Bueno, pensaba, quizás se está yendo a su casa, terminó su horario, o lo que sea. Pero eso le pasaba con uno, dos, cinco, a veces hasta diez en el mismo momento. Luego aprendió y sólo se ponía a esperar un taxi en las paradas que había más gente, así frenaban por ellos y él se subía. Nunca supo qué pensarían los taxistas que finalmente lo llevaban, llevándolo a él, invisible.
Pero lo que empezó siendo una señal, se terminó convirtiendo en una constante: en los puestos de las plazas, para comer algo, o en prácticamente todos los comercios a los que entrara, podía estar media hora esperando a ser atendido, siendo, incluso, el primero de la fila; o cuando en alguna juntada alguien gritaba “que levante la mano el que…” sobre cualquier cosa, y él, levantando su mano, no era contado; o cuando Cresta, el perro, que él mismo había cuidado durante toda su vida (la del perro, claro), dejó de saludarlo cuando llegaba a la casa.
De a poco, se fue perdiendo entre la gente y a la gente no le importaba para nada, nadie se preocupaba por buscarlo y mucho menos por encontrarlo. Al principio, claro, le gustó. Porque lo nuevo siempre parece divertido, interesante. Pero a medida que los meses pasaban y cada vez más le costaba que, simplemente, lo vean, se empezó a enojar, a embroncarse con él mismo, a buscar distintas formas de ser visible para los otros, así sea cinco minutos, no pedía más. En uno de esos días de bronca estaba cuando rompió y tiró todos los espejos que había en su casa, ya no le servían para nada.
Empezó terapia, y la psicóloga tardaba en empezar porque no sabía si él estaba ahí o no. Insistía para juntarse con sus amigos, y hablaba, y hablaba, para que, al menos, lo escuchen, y ellos lo escuchaban, claro, pero en las fotos que alguno sacaba, Marco nunca estaba. Decía algo en su grupo de compañeros de trabajo, y pasaba desapercibido, pero si eso mismo lo decía otro, el resto lo tomaba y hasta parecían felicitarlo. Lo mismo en su grupo de estudios, con sus compañeros, y entonces fue perdiendo la capacidad de opinar. Su novia, de repente, estaba con otro tipo, sin haberle dicho nada, porque también ella lo había dejado de ver, ya no era un hombre, mucho menos su novio, y Marco, triste, pudo ver la tristeza en los ojos de ella, pero ella no pudo verla en los de él.
Su presencia, en cualquier grupo, pequeño, grande, mediano, de personas, conocidas o no, pasaba desapercibida y no importaba si directa o indirectamente algo lo afectaba. Nadie lo veía, a nadie le importaba, nadie lo consideraba ahí, presente, siendo parte.
Creyó que eso duraría para siempre y se dedicó a estar en su casa, solo, encerrado, sin nada para hacer que implicara a otros más. Preparando una cena de un día cualquiera, se asustó y se alegró con su reflejo en la ventana. “Nada es para siempre”, parafraseó y sonrió, apenas.
tremendo terraza, tremendo. 2 veces tremendo. Y con esa tres.
ResponderBorrargracias, terraplén!
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