domingo

Olor a cigarrillo

Un montón de idiotas juegan, toman mate, se ríen, lloran, gritan en la plaza. Son un montón, quizás lleguen a ser cien. Y todos idiotas. O eso parece, desde acá. El perro me ladra como si fuera el perro del vecino. “Soy yo, idiota”, le digo. Pienso que podría soltarlo en la plaza para que se sienta entre pares. Y lo hago: bajamos por la escalera (no confío en los ascensores), cruzamos la calle y ni bien pisa la plaza, sale despavorido como si lo corriera un perro fantasma. Huele a los idiotas que lo miran, les salta a las idiotas de blanco, intenta comer las facturas de los idiotas que están sentados, tomando mate. El perro es felizmente idiota. Se aleja. Y yo me vuelvo a casa. El que quería salir era él, no yo.

Siento olor a cigarrillo antes de abrir la puerta, y cuando la abro mucho más. Nunca supe qué hay que hacer para que no quede olor a pucho en todos lados. Mi novia diría, mirándome desde lo alto, allá arriba y con sarcasmo a gusto: “dejar de fumar, mi amor”. Ya es ex, claro. La puerta la dejo abierta y la trabo con una silla; abro la ventana que mira a la plaza y empieza a correr aire, y me siento en el piso a ver el aire pasar llevándose el humo impregnado. De la blancura del techo ya no queda nada. “Ahí debe estar el olor a cigarro”, digo en voz baja. Miro el reloj y no puedo entender cómo es que tengo tantas ganas de tomar una cerveza. O peor: de emborracharme hasta quedar tirado en el sillón de una casa desconocida. O en la alfombra, o en la puerta de entrada. O en la de salida. Pero más cerca hay un porro armado y cerveza sé que no tengo. “Nunca tengo lo que quiero”, me miento ante el espejo imaginario. Antes de prenderlo, elijo un disco de Calamaro –“un idiota más”-, me siento en el sillón, doy la primera pitada y siento cómo los ojos se me cierran solos. En ese instante, suena el portero con tres timbrazos seguidos. Y es uno de esos momentos en los que me convenzo de que hay cámaras mirándome, que saben cuándo es que hay que tocar timbre y de esa manera.

- ¿Quién es?
- Está tu perro acá abajo, en la puerta, parece que quiere subir –dice una voz de vieja que no me responde lo que pregunto.
- ¿Quién es? –repito, para que no se haga la boluda. A la gente le encanta hacerse la boluda.
- Soy la vecina del 2° B, pero… -No sé qué más quiso decirme:
- Ya bajo –digo y cuelgo el tubo. Es verdad: ahí está el perro. Y cuando me ve, antes de que le abra la puerta de vidrio, empieza a mover la cola. “Qué bueno que los perros no te maltraten, que no lloren, que no te insulten ni nada de eso si hacés algo que no les gusta”, y el perro me salta, y lo acaricio, y me lame toda la cara. No voy a bajar para volver a subir, y por eso me voy por ahí. “Tiene que haber cerveza en alguna parte”, digo para adentro, como si fuese algo imposible. En el quiosco de al lado, venden. En el mercado de la otra cuadra y en el de la vuelta, también. Y si buscara un poco más, seguramente encontrara nuevos lugares. Pero por momentos me gusta sentirme en los EEUU en la época de la ley seca, quejándome de las prohibiciones, del Estado, de todo. Si total, estamos para quejarnos. El perro me siguió y me esperó en la puerta del mercado, sentado como si alguna vez se lo hubiese enseñado.

A la vuelta, cruzo la calle mirando la forma en la que están ubicados los adoquines, como formando enormes pétalos de flores, así, en semicírculos, que ocupan la mitad del ancho de la calle cada uno y que mirando para el horizonte se ve como un enorme racimo. Y un auto me pasa muy cerca, acariciándome la espalda con el espejito y gritándome con su bocina. Lo miro y veo que me miraba por el retrovisor. Lo miro fijo y suelto algunas puteadas. Frena.Siento que me va a cagar a trompadas, y no sé cómo reaccionar. Da marcha atrás y en cuestión de segundos lo tengo al lado. Una parte de mí quiere salir corriendo y la otra cagarlo a trompadas. Me inmovilizo. No digo nada. Algunos idiotas que andan por ahí, también se frenan y lo ven desde primera fila. Esta obra de teatro parecía lo más real que hubieran visto jamás. El tipo putea desde adentro del auto, y solo es una amenaza, una queja fuerte, no lo que dice, sino él entero; su cuerpo, sus movimientos con la mano y con sus labios, porque no sé qué dice, no escucho nada. No le saco los ojos de encima. Le pesan. Siento perforarlo. Pero no digo nada. Lo amenazo sin palabras, sin moverme. El tipo se baja. No debe saber o no entiende que yo todavía no resolví el dilema entre quedarme o correr desenfrenadamente, porque no resiste la sensación de sentirse frente a alguien que –parece que se- le planta. Me grita, me dice un montón de palabras que no escucho más que adentro de un grito vociferado, indescifrable. Estoy más duro, más perplejo, el dilema acelera su resolución en mi cabeza pero no firma por ninguna respuesta. Correr o aguantar, esa es la cuestión. Se me para enfrente y me sacude de un empujón. Y ahí es cuando veo a una mina que había sido compañera mía de la facultad, mirando desde la vereda de enfrente, con cara de preocupación y más perpleja que yo hace dos segundos. Y vuelvo los ojos al tipo.

- ¿Qué te pasa, no ves por dónde manejás? –le pregunto, con tono enojado, como firmando que finalmente me quedo acá, parado, aguantando, aunque no haya sido por decisión sino por capacidad de reacción. Y el perro, aparece desde mi costado y recuerdo el día que me lo encontré en la plaza, cachorro. Le ladra con furia y parece que se lo come crudo, pero no llega a morderlo. El tipo recula, asustado por el contragolpe.

El perro es chico, no puede reaccionar así, seguro que pensó, pero el perro se la aguanta, un poco. No se peleó nunca, pero siempre se plantó y ladró como ahora. Da un poco de miedo, a veces. El tipo dice unas palabras más, pero no lo escucho bien; el perro no se calla. Se sube al auto, y se va, y mira a la gente que se había encontrado con una obra gratuita en la calle. La gente me mira y yo voy a saludar a mi compañera. También ex. Siempre me había gustado, pero las circunstancias fueron negativas para que podamos tener algo. Destino, le dicen algunos. Qué se yo. Nunca creí en el destino. Nunca creí en cosas que no tienen explicación. Y nunca no es un nunca real. “Nunca digas nunca”, me acuerdo que mi ex novia siempre decía esta frase con cara de estar aportando algo elemental al debate.

- ¿Qué pasó? -dice pidiendo explicaciones y siento como si ya estuviésemos de novios.
- Nada, un momento de bronca… calculo. ¿Cómo estás, Cami? – Siempre supe huir de los pedidos de ese tipo y creo que por eso es que mis novias prefieren ser ex. Charlamos un rato, y no me di cuenta en qué momento es que el público se disuelve por el barrio. Me cuenta que está trabajando en una radio, es movilera, le gusta pero le parece monótono. Y también me explica que vive acá, a dos cuadras, cerquita, así que cuando quieras podemos tomar unos mates, y qué te parece ahora, no tengo nada que hacer, yo tampoco, dice, mirando el reloj. Entonces vamos a casa, le hablo del perro, ella se ríe diciéndome que pareció entrenada su defensa. Yo también me reí. Subimos a casa. Había dejado la puerta y la ventana abierta, sin nadie adentro. No puedo entender cómo hago estas boludeces. Ella se ríe. Creo que nunca había hecho reír a una mujer dos veces en tan poco tiempo. Entramos, camino derecho hasta la cocina, pongo la pava. Ella se sienta en el sillón, agarra el porro y lo prende. Sé que mi cara está sonriendo sin querer hacerlo. Siempre me gustaron las mujeres que no piden permiso. Siempre es en el mismo sentido que el nunca anterior.

- ¿Querés? –me pregunta, adueñándose de ese sillón, de ese encendedor, de ese porro, del ambiente, de la casa entera. Y mi cara sonríe de manera más evidente.

Antes de tomar el primer mate, ya nos estábamos riendo de un montón de idioteces. Tomamos mate, hablamos, nos reímos y esas cosas que pueden hacerse. No hacemos nada por darnos un beso o por tocarnos o algo de eso que lleve a lo que los dos sabemos que vamos a terminar haciendo. Pero no pasa nada. Y, sin darme cuenta, se termina yendo, en una decisión que no demoró en su cabeza ni tres minutos. Aunque, se sabe, tres minutos en la cabeza es una eternidad. Se va, chau, chau, nos estamos viendo, suerte, cuidate, pasá por casa cuando quieras. Y en eso quedamos.

Quedo en el sillón, tirado, esperando el momento en el que los dos nos sacamos la ropa y todo eso, pero no tengo con quién hacerlo. Llego a la conclusión de que no tengo que dar por sentadas las cosas antes de que pasen. Ahora me siento como un niño abusado por una compañerita, que se ríe en mi cara enamorada, inocente, ilusa. El perro me vuelve a ladrar. Pero ya casi no hay idiotas en la plaza y hay menos olor a cigarrillo, o eso parece.“Soy yo el idiota”, le digo. Y creo que me entiende.

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