Despertar al día y que todavía, por esas cosas que tiene el invierno, sea de noche materializa más aún la cuestión. Por esas horas que, si usté me permite, voy a transgredir, en realidad, no son tantas. O peor: no son horas. Son, no más que minutos, quizá treinta, quizá cuarenta, dependiendo de cuánto sea el tiempo, efectivo, que la cama retiene al cuerpo como un preso con la sutil y fundamental diferencia de que la libertad nos la decretamos cuando así lo requiere la responsabilidad. Si usté es de esos a los que se le escurren los minutos dentro de la cama, y estira, una y otra vez, la alarma despertadora, sabrá comprender a cuento de qué viene este prólogo. Sabrá a qué hago referencia si usté no ve la luz en la hendija de la persiana que hace no más que un mes o dos, o tres póngale, le daba alguna idea sobre la ropa que tenía que vestirlo durante el día en caso de que hubiera sol o si las nubes amenazaban con llover sin importarles nada. No es más que unos minutos, hasta que peleando contra el amanecer propio, damos el salto y ahí sí, nos despojamos de nuestro primer ‘qué frío, laputamadre’. Aunque usté sea de esos a los que putear no les sienta bien, entenderá de qué le hablo cuando menciono esa puteada que, incluso, embellece, a cuentagotas tal vez, ese espacio temporal que nos une a la hornalla y a los primeros mates que superan cualquier tipo de hermosa puteada o, los más rebeldes, sublimes blasfemias. Usté irá a laburar, como cualquier hijo de vecino, o irá a la escuela, o a donde la responsabilidad etárea –aunque a veces no se conjuguen correspondientemente estas últimas dos- lo lleve.
Y lo importante a destacar, sin dudas usté no me dejará mentirle, no son las diferencias, nimias, que pueden haber entre usté y yo cada mañana. O entre usté, que está acá,a mi derecha y usté, que está acá, un poquito más al centro. O usté, que la izquierda le sienta tan bien como el “uy, me quedé dormido” de casi todos los días. En donde rige la relevancia de tanta introducción es allí, en el calendario. No vaya ahora corriendo a buscar el calendario más cercano para verificarlo, siéntese ahí, quédese, no se ansíe. Usté, que vive cada mañana la intención del frío de meterse en la cama porque, claro, tiene frío y lo ve a usté tan calentito que quiere copiarlo. Usté, sí, usté, que lanza esa puteada, hermosa, bella, alentadora, de cada mañana, al aire muerto de la habitación o a los ecos de su conciencia que amanece lenta pero irrefrenablemente. Usté ve que esa secuencia se repite y ahí descubre el calendario. Aunque no lo mire, aunque no sepa cuántos días, con precisión, con exactitud, sentirá eso que usté vive en carne propia cada mañana.
La intensidad del tiempo nos supera. Porque sabemos que después de las siete de la mañana, llegarán las ocho y más tarde las nueve, las diez, las tres de la tarde y las nueve de la noche del lunes, quizá, el día que conjuga y hasta equilibra con mayor efectividad las energías renovadas durante el fin de semana y el sentimiento de lejanía que nos separa de los días que queremos para descansar y, claro, recuperar esas energías que acabamos de renovar. La noche del lunes, con ese plus que nos da la vida, la estiramos un poquito más de lo que debiéramos, hasta que la cabeza amenaza con apagarse en un lugar incierto y nos metemos en la cama a sabiendas de que en algunas horas más, volveremos a batallar contra el tiempo. Y el estiramiento de la alarma despertadora que martilla en el tímpano, una y otra vez, que nos vuelve a decir que nos levantemos y enfrentemos, de nuevo, esa noche que es día, ese aire frío que desea meterse con furia en esa cama que debemos abandonar y que, al hacerlo, nos estirpa esa palabra aliviadora, ese ‘qué frío’ con su correspondiente remate, con ese ‘laputamadre’, que nos expulsa hacia los mates dignos de la primera mañana y al día que en minutos –tal vez treinta, tal vez cuarenta- se volverá a repetir, pero esta vez, bajo el título de martes, y ya sin tantas energías renovadas y comenzando a escuchar esa voz, en algún lugar del tiempo, que reclama fin de semana, que reclama sábado o domingo, pero aún se escucha desfigurada y preferimos no figurarla tanto. Porque sabe usté que todavía falta vivir ese martes, violento al decirnos que aún faltan tres días más además del mismísimo martes para que podamos estirar las patas y apagar el motor sin importarnos ni la luz de la hendija por la persiana, ni la noche que en realidad es día, ni la impulsiva puteada. Y vuelta a dormir, para enfrentarse al día de miércoles. Si usté es creyente dirá que no por casualidad empieza con ‘m’ de Moisés, porque divide aguas entre aquellos que aseguran que es un día bisagra en la semana haciendo sentir la alegría dominical más cerca y los que afirman que la letanía se duplica al estar parados en la mitad de los llamados días hábiles, como si eso significara más que tener que hacer lo mismo por veinticuatro horas hasta el jueves que sí, efectivamente, la mente lo diferencia de los anteriores. No entraremos, con el permiso de usté, en esa discusión que tiene largas horas de café encima sin arribar a conclusión alguna. Sí podemos hacer mención a los pragmáticos que diferencian entre las horas del mismo miércoles, porque una cosa es la mañana y otra, muy distinta, es la tardecita. Y estos son los que, por lo general, regentean los boliches que programan actividades para después de la oficina o, como le dicen, ‘after office’ de los miércoles.
Seguro que usté no concurre a estos lugares y más de un miércoles se olvida de dar esa discusión en el bar o hablando con su novia, y el jueves le llega como le llega a cualquiera. No puede negar que hasta la alarma suena de otra manera, el frío parece otro y hasta la puteada le sale en medio de un esbozo de sonrisa. Los mates son diferentes e incluso puede que el chofer del colectivo o del taxi esté de buen humor, con las limitaciones correspondientes del caso, claro. Transcurre así el día en el que sólo se espera la noche, por la cena con amigos, o la película que renuevan en cartelera, o la famosa salida hasta temprano, que muchos, aunque no creo que de usté sea el caso, no comprenden lo de ‘temprano’. El viernes es complicado y es probable que alguno de nuestros pensamientos se dedique a pensar que al menos un viernes cada tanto tendría que ser parte del fin de semana. Usté, como yo, llega cansado o con ganas de un rato más en la cama. Podría empezar todo más tarde o funcionar el mundo en una suerte de relevos quincenales que nos alternen y que todo sea más tranquilo. Así llegaríamos más relajados al sábado que generalmente es el día que cumple con ese rol deseado. Usté quizás sea de los afortunados que los sábados se rige por su propio deseo, o quizá no y la responsabilidad le demande algo temprano, pero en el trazo grueso de la gente como usté o como yo, es un día que funciona a media máquina y que aglutina un gran porcentaje de los planes nocturnos de la sociedad toda, al menos en estos lares del mundo. Y por último, el domingo. Muchas veces abusado de sus libertades, se le asignan responsabilidades que podrían, tranquilamente, ser atribuidas a uno de esos días que son aplastados por la rutina, como las elecciones que nos obligan a salir de casa o los asados que la certeza de poder hacerse nos llevan a borrar sus posibilidades los días semanales, obviando sus debidas excepciones. La filosofía de barro, los niños escolares, usté, yo y gente como uno, hemos reflexionado acerca del peor momento de la semana y seguramente muchos han postulado al podio la noche del domingo, en la que se moviliza la semana que entra y la rutinaria vida, activar la alarma despertadora para motorizar el lunes y cantar, si un tinte de humor aún nos lo permite, lunes otra vez, sobre la ciudad.
Y todo empieza de nuevo, como un juego de dados que nos mandan a la primera casilla, que a la vez es distinta a la de la semana anterior, pero también es igual. Y nos lleva a pensar en temas o en charlas que seguramente ya tuvimos, o escuchamos al tipo de la radio que nos dice lo mismo, no por reiterativo, sino porque es lo que tenemos que escuchar, cada lunes o martes, o miércoles con su disyuntiva, o jueves con su distintividad, y prender la tele nos hace pensar, quizá, en que eso ya lo vimos mientras vemos a la señora repetirnos el clima que el lunes nos lo dice con lo que vendrá en la semana y el jueves ya empieza a decirnos lo que pasará el fin de semana. Y así, cada día, cada semana, durante las cincuenta y dos semanas que tiene el año, aunque claro, como usté recordará, lo que materializa aún más esta cuestión del día que es noche y la luz que entra y la puteada hermosa, es el frío o, más precisamente, el invierno, que no es más que la misma estación que año a año volvemos a vivir, quizá con otro trabajo, quizá con otras responsabilidades y quizá, a usté tal vez le pasó, con la dicha de no tener que escuchar la alarma despertadora en la mañana nocturna e invernal, pelear con el frío que se nos quiere meter entre las sábanas y dar el salto a la vida al grito de ‘qué frío, laputamadre’.
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