miércoles

Adoquines

“Excusas”, repetían una y otra vez. “Son excusas, señora, señor, no se dejen llevar por lo que les dicen ellos, porque acá, lo que buscan es dejarnos, enterrados para siempre, quietos eternamente, que no nos levantemos en su contra”, gritaba, con la desesperación que produce el avasallamiento de las libertades. Esa mañana el gobernador había prometido, con bombos y platillos, la pavimentación de no sé cuantas calles haciendo uso de una retórica de futuro, porque, claro, cómo se puede andar por este suelo si el mismo suelo no te lo permite. Y desde abajo, protestaban. Los adoquines más amotinados se levantaban y hablaban, casa por casa, con cada vecino hasta convencerlos de que esas palabras de un futuro prometido, no eran más que el camino hacia el pasado. “La aparente mejora de este suelo con la pavimentación sólo promete más velocidad para aquellos que tienen en qué andar de forma más veloz”, gritaba una, indignada. Caminaban por el barrio intentando convencer no sólo a los vecinos, sino a sus propios compañeros, con quienes compartían el trabajo diario, con quienes llenaban cada hueco que hiciera falta en esta tierra, sin pedir más que poder seguir mirando al sol y a las estrellas. Incluso deseaban seguir sintiendo las lluvias, a pesar de los problemas que a muchos les generaba, sobre todo en los charcos que quedaban en las periferias.

Desde el día del anuncio, no pararon de movilizarse los más activistas y, poco a poco, lograron ser más. “Queremos mantener la dignidad de servir a este suelo”, decía una pancarta que durante los días de movilización se agitaba contra el gobernador. Los adoquines demostraban que los años de quietud eran parte del pasado y el futuro consistía en su mantenimiento como bases de las calles de este pueblo adoquinado hasta los rincones. Uno al lado del otro, ocupando cada hueco que la tierra permitía, tallados a mano, diferentes pero iguales. Cada uno con una función y todos soportando, durante años, las pisadas de cada suela, ser arrollados por cada rueda. “Vimos pasar carretas, sulky, camiones, autos, bicicletas, motos, monopatines y cientos de ruedas de diferente tipo, peso y color”, rememoraba uno de los primeros adoquines de la cuadra y cerraba con que “ahora no puede ser que nos vengan a querer tapar, así como así”. La sensación en la zona era la de sentirse vivos y útiles por mucho tiempo más, como parte del pasado pero también como sostén del futuro. La tierra quedaba al descubierto por partes cuando los adoquines se arrancaban de su hueco para manifestarse cada día.

Aunque lo que realmente impresionó fue la última movilización en la que lograron dejar todos los barrios en calles de tierra, hasta el centro mismo era tapado por el polvo que la caminata de los adoquines levantaba. Miles, tal vez millones de adoquines protestaban en la plaza principal, con pancartas y banderas, cánticos generados por los adoquines más jóvenes venidos de los barrios más nuevos, y ni ellos mismos lo podían creer. Los adoquines se miraban y hablaban entre ellos, se reunían entre varios, se organizaban para levantarse unos a otros. Tardaron no más que una o dos horas en formar, entre todos, en las veredas de la plaza una frase que resonará para siempre en las cabezas de quienes estuvieron o pasaron por ahí esa tarde. “No al pavimento” rezaba la frase de los adoquines, mientras algunos que andaban sueltos, panfleteaban los motivos de la movilización y el porqué se oponían a ser enterrados, por siempre, bajo el carcelario asfalto.

En la gobernación no sabían qué hacer. Acostumbrados a manejarse con recetas viejas o ya usadas, lo inédito nunca supieron enfrentarlo. No sabían qué hacer y los teléfonos ardían. Los pasillos se marcaban con las idas y vueltas de todos los funcionarios. Escuchaban el bullicio, los gritos, los cánticos de afuera y se desesperaban aún más. Miraban por los huecos de las ventanas y les daba miedo salir. “Tenemos que asfaltar”, decía en voz baja el gobernador. Y lo repetía, una y otra vez. No quería dar el brazo a torcer y su primera decisión fue mandar a la policía. Primero, que se impongan. “Si no se retiran, vamos a tener que reprimir”, sentenció.

Y así fue. Los adoquines vieron llegar los patrulleros, las camionetas, los camiones de la Gendarmería, y se abroquelaron todavía más. Se convirtieron, rápidamente, en un solo bloque. Impenetrable. La policía avanzó hasta donde pudo, con los escudos delante. Los adoquines no se movieron. La tensión en la plaza se veía inundando el aire. Millones de adoquines quietos, sin saber qué son capaces de hacer. Los policías con escudos y palos, con balas de goma cargadas. Por allá se escuchó un grito, de un jefe policial, dando la orden de disparar. Y ahí fue cuando los adoquines, con una rapidez asombrosa, comenzaron a treparse a los árboles y a medida que iban subiendo se tiraban sobre los policías que, viendo que las balas no surtían efecto después de largo rato y que las bajas eran más las propias que las de los adoquines, se replegaron. Y el gobernador, que miraba todo por la televisión, se recostó en su sillón y cerró los ojos.

La noche empezaba a llegar y la gente que volvía a sus casas tenía que andar por las calles de tierra. Ni un adoquín había quedado en su lugar de rutina. Y eso al gobernador le pesaba. La televisión aprovechaba para mostrar a los policías heridos como víctimas y a los adoquines como rebeldes, recordaban discursos del gobernador en los que planteaba el asfalto como una necesidad y algunos analistas de corbata, miraban las imágenes desde el estudio y concluían: “la necesidad era que esto no ocurriera, porque esto era previsible si uno conoce a los adoquines”. El gobernador no sabía qué hacer y, sin consultarlo con los asesores, ni con la prensa, ni con la empresa de la concesión de asfalto, salió al balcón y, sin micrófono ni nada, empezó a gritar para que todos los adoquines lo escucharan.

La primera parte no se le escuchó y los adoquines no terminaban de entender qué era lo que estaba pasando. Algunos, querían ver la manera de tirarse encima del gobernador. Otros, hacían esfuerzo para escuchar lo que decía. Por allá, uno de los adoquines que estaba más cerca del balcón, se subió encima de otro y gritó hacia atrás: “¡No van a asfaltar!”. La euforia arrasó la plaza como una enorme ola de alegría. Los adoquines se abrazaban unos a otros, conocidos y desconocidos, felices. Más canticos, más fiesta, más agite de banderas. Fue una ebullición realmente histórica que el gobernador sufrió como una enorme derrota. Encima, al rato del anuncio desesperado del gobernador, un grupo de representantes de todos los adoquines, golpearon la puerta de la gobernación para sentarse a negociar con el otrora promotor del asfalto. Y no sólo lograron que no los inunden con asfalto, sino también mejores desagües para no ser tapados por el agua cuando llueve, seguir produciendo adoquines para las nuevas calles del pueblo, mejores condiciones y comodidades que permitan cumplir mejor la labor de cada adoquín. En fin, el gobernador tuvo que retroceder ante el reclamo masivo de los adoquines que quedaron inscriptos en la historia de ese pueblo por no permitir que los dejen en el pasado enterrado del mundo moderno.

La historia que los adoquines más viejos les contaban a los nuevos, ya no era la misma. Los pisotones constantes, el peso de los camiones o de las camionetas, el permanente pasar de los autos y de las motos, eran la rutina a la que los adoquines debían acomodarse. Pero tenían una que merecía la pena ser contada, que fue el día en el que los adoquines asumieron su rol y se hicieron cargo del futuro. Los adoquines de este pueblo quedaron inscriptos en la historia y, los más esperanzados, deseaban que la historia se repita en cada pueblo para que a ningún adoquín en el mundo le quiten la posibilidad de seguir mirando al sol.

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