martes

Punteo propio

Tenemos que ver, viste, dijo ella, sin saber muy bien qué decir pero fiel a su capacidad de hablar por hablar, y él no tuvo más que responderle con una levantada de hombros, mirando para adelante, pero hacia la nada. Unos segundos después, él, quiso tocar la guitarra. Quizás una de Hendrix o de Divididos, o esos punteos ricoteros o alguno propio, pero cuando pensó en lo propio, en lo de él, en lo que él sabría hacer con una guitarra, cayó en la dura, fría y generalmente violenta realidad de no saber tocar ningún instrumento. Y por supuesto, tampoco la guitarra. Pero siempre tenía ganas de tocar la guitarra cuando no tenía nada para decir, siempre creyó que la guitarra es un buen atajo para escapar de los momentos incómodos, y este era uno. ¿Tu realidad es generalmente violenta?, le preguntó ella, con esa capacidad de preguntar cada certeza que él le proponía, haciendo que esa certeza deje de ser certeza, al menos para ella, y obligándolo a él a expresarse, o peor, a explicar esas certezas que siquiera a él mismo se las hubiese podido explicar, y entonces, subía los ojos, quizás cerraba la boca, y con la mano derecha se frotaba el mentón o con la izquierda se rascaba la cabeza. Sabía, ella, que tenía que esperarlo, que no tenía que apurarlo, que su ansiedad por la llegada del segundo próximo, y del próximo, y del próximo, a veces, no podía contenerla y les generaba discordias, que a veces le provocaba, a él, la necesidad de aprender a tocar la guitarra, y otras veces, les generaba a ambos una profunda necesidad de aprender filosofía para entender al tiempo y sus medidas, a las diferentes interpretaciones, sobre todo las de ellos, los dos, que vivían el tiempo de maneras diferentes, quizás hasta opuestas, aparentemente opuestas al menos, y él, mientras, ensayaba respuestas que sean digeridas con rapidez y sin promover más discordias de las que generaba a diario, pero ese día, no quería discordias, sino silencio. O una guitarra de fondo, como mucho.

El cielo se fue apagando progresivamente y Juan intuyó que de ahí se debe haber sacado la idea de los interruptores de la luz que no la apagan con un tic y se prenden con un tac, sino que se atenúan, despacio o rápido, según la mano de quien lo maneje, pero de forma que esa mano regule en función de las propias necesidades, o algo así. Aunque no sé, pensó Juan, si para hablar de los interruptores de la luz hay que hablar de ‘tic’ o de ‘tac’, porque eso es muy fácil de relacionar con el segundero de los relojes analógicos, y cuando dijo analógicos, en su cabeza, claro, porque no solía hablar solo en voz alta, fue cuando ella y él pasaron por la vereda hablando, también, justamente, del tiempo, pero de una forma más filosófica, antes de que él le explicara a ella eso de que la realidad es generalmente violenta. Pero esas reflexiones a Juan no le interesaron, principalmente, porque nunca se enteró de que sobre eso venían hablando él y ella, y cuando los vio pasar por la vereda, salió para saludarlos y convidarles un mate, charlar sobre la vida y quizás escuchar algún temita. Él vio en ese momento el atajo, la salida a los diálogos sin sentido que se estaban amasando en las cabezas de ambos, y saludó con excesivo entusiasmo a Juan, y Juan a ella, y entraron a la casa de Juan, y Juan les ofreció mate, no uno recién hecho sino todo lo contrario, lavado, sin gusto a nada, pero que él lo tomó con la tranquilidad de quien se siente rescatado. Ella le respondió con un simple no, gracias, no quiero, haciendo alusión al calor que todavía hacía, y Juan, y él, casi a coro, le dijeron que, igual, si era por eso, no estaba caliente, que estaba queriendo parecerse más a un tereré que a un mate y ahí Juan lo miró a él, que fue el que dijo eso, y se rió sin decir nada, porque tenía razón, aunque el tereré se hace con jugos y no con agua caliente enfriada que era lo que estaba pasándole a ese mate. Juan nunca se sintió un especialista en mate, porque creía que lo que importaba no era el brebaje de yerba, agua caliente, bombilla, baba y ronda, sino la charla, el momento, el estar compartiendo algo, aunque parezca que es nada, pero el mate no lo veía como fin sino como medio hacia un momento grato, que haga amena una tarde, o una noche incipiente como ese momento, en el que él y ella estaban ahí, casi de casualidad, y Juan también, pero no por casualidad sino porque, hacía un año y medio vio un aviso en el diario que decía ‘alquilo casa’ y justo andaba buscando, así que la vio, le gustó, la reservó y a los pocos días, se mudó y allí se mantuvo hasta, por lo menos, el momento en el que él se burlaba por los mates que Juan les compartía.

No, mamá, no es así, dijo la hija, sentada en la butaca del acompañante, mientras la madre esperaba que el rojo se transforme en verde, cuando ella y él salían de la casa de Juan, saludando, agradeciendo, haciendo arreglos para futuras visitas o salidas a hacer juntos, que probablemente quedaran perdidas entre el ruido de los autos, la gente caminando, algunas alarmas o sirenas y el desorden de pensamientos de los tres que, en ningún momento se percataron de la pelea entre la madre y la hija en el auto frenado antes de la senda peatonal, esperando el verde, sobre el permiso negado a la salida nocturna de la pequeña que, a simple vista, no parecía tan pequeña.

Caminaron unas cuadras sin decir nada. Él sintió que una mosca lo seguía, le zumbaba en la oreja, en la nariz, por el resto de la cara, por los brazos. Se sintió sucio. Las moscas siguen a la mierda, pensó, y no se sintió muy cómodo con esa afirmación. ¿Soy sucio?, le preguntó a ella que vaya uno a saber en qué estaría pensando. No, le respondió. O no siempre, completó. ¿Y yo?, le retrucó ella. No, le dijo él rápido, si fueses sucia no estaría con vos. Ella prefirió entenderlo como un halago, le sonrió y retrocedió hacia la última parte del recorrido mental antes de la intervención de él.

- Vamos a cenar.

- ¿Adónde?

- Acá a la vuelta, hay un puestito barato.

- No tengo plata.

- Yo sí, vamos.

A él le costaba aceptarse sin plata y más que ella le pague la comida. Pero sabía que tenía que ser algo a modificarse. El sentido común, pensó, el sentido común. Llegaron al lugar, se sentaron, vino una moza, pidieron una ensalada con una milanesa, ella, y él pidió pollo con papas fritas. Para tomar, un vino tinto. Mientras esperaban, hablaron del trabajo, de la carrera, de las ganas de tener hijos, o de ser padres, de tocarse y de ir al cine algún día. Voy al baño, dijo él. Y ella se quedó mirando por la ventana a dos chiquitos que vendían flores, mesa por mesa, sabiendo que pasarían por la de ellos, sin dudas.

Él se levantó de la mesa y encaró para el fondo, por esa costumbre de creer que los baños están al fondo, pero no sabía dónde estaban, y se acercó a la barra y le preguntó a la misma moza que los había atendido, y ella le dijo, vas por ahí, señalando un pasillo, y la segunda puerta a tu derecha es el baño de ustedes, el de hombres, gracias, le respondió él, junto a una sonrisa de esas que encajan en esos diálogos, de pregunta y respuesta, sin ir más allá, aunque cuando hizo unos pasos, dudó en mirar para atrás para ver si la moza lo estaba mirando, después de esa sonrisa vacía de compromisos, en apariencia, pero no, no miró, no porque le pareciera un exceso buscar respuestas a una sonrisa sin compromisos, sino porque quizás ella lo miraba desde la mesa mientras lo esperaba. Y se metió en el baño, que tenía varios mingitorios en una pared, un par de inodoros y el lavamanos con un espejo grande con una nota pegada que rogaba a los señores clientes que cuiden el lugar y mantengan limpio el baño, como si fuese común andar ensuciando baños por ahí. Mientras se enfrentaba a un mingitorio, sintió la puerta y por dos segundos pensó en que sería la moza, que le venía a devolver la sonrisa con un beso apasionado y unas profundas ganas de encerrarse en uno de los box de los inodoros para tener sexo express, presionados por el tiempo que tardaría la comida en servirse en la mesa y las dudas de ella que lo esperaba sentada, con el desafío de no despertar sospechas ni en el dueño del lugar, que estaba en la barra, ni en ella, que por ahora, sólo por ahora, miraba por la ventana, primero a los chicos que vendían flores, después a unos viejitos que comían pastas y a unas plantas que había en la puerta que las quería para su casa. Pero no fue la moza la que entró y la ilusión desapareció casi antes de consolidarse, de haber existido, y entró un hombre, que él no lo había visto en el lugar, sentado en ninguna parte, aunque no era parámetro lo que él había visto, porque no había registrado a nadie, o a la moza y a nadie más, y el hombre entró, sin decir nada, y se acomodó al lado de él, enfrentado al mingitorio de al lado. Él estaba terminando cuando el hombre recién entrado le dijo, casi como al pasar, sin titubeos, que quería decirle una cosita antes de que salga del baño, y él no supo decir que no, porque ¿cómo se dice que no en una situación así?, y lo esperó, total, eran segundos más, y el hombre, segundos más, movió el cuerpo dando cuenta de que estaba terminando, se subió el cierre del jean mientras daba la vuelta y lo miraba a él, que por esa curiosidad inexplicable, le miraba las manos subiendo el cierre del jean, y por un segundo sintió vergüenza. Sólo por un segundo, porque el hombre no se lo hizo notar y actuó con mucha cintura, sonriente en término medio, para empezar a decirle que lo había visto llegar al lugar, sentarse en la mesa, caminar hasta el baño, y él no entendía hacia dónde estaba yendo, y el hombre se le acercó, él dudó sobre qué hacer y no hizo nada, y el hombre le puso una mano sobre el hombro, quizás la mano con la que había subido el cierre, aunque ahora él no podía relacionar eso, y con la mano en el hombro, el hombre le pidió con suavidad permiso para poner sus manos abajo del agua que corría de la canilla que él había abierto y no había cerrado.

Él, aprovechando el descanso que el hombre le otorgaba lavándose las manos, quiso huir, diciendo que ella lo estaba esperando en la mesa, que después hablaban, que gracias por la atención, o cosas sin sentido, pero con muchos nervios, y el hombre sin apuros se dio vuelta, lo miró, se secó las manos y le puso las manos en los hombros. Él se endureció, no pudo moverse y mucho menos decir algo, quizás, pensó, este hombre olió sus deseos sexuales al momento de entrar al baño y ahora quiere algo de eso, pero mis deseos, pensó, eran con la moza, no con este hombre. Y el hombre, como si estuviese escuchando lo que él pensaba, se le acercó y al no sentir reticencias, se le acercó más, progresivamente, y le dio un beso, en silencio, en el medio del baño, sin pensar en nada más que en ese beso y en las caricias en los hombros que empezaban a bajar por los brazos, para agarrarlo de la cintura, y acercarlo más aún, y él que seguía perplejo, como una estatua, que ni siquiera atinó a sacárselo de encima por el rechazo que la situación le podría causar, el hombre sacándole los labios de encima pero manteniendo las manos en la cintura bien firmes, le dijo, a mí también me gustó. Él sentía correrle por dentro la desesperación que lo paralizaba y reaccionó sin la fuerza necesaria como para poder soltarse pero sí como para decirle que no, que pará, que no es así, a mí me está esperando mi novia en la mesa, me gustan las mujeres, está todo bien, pero no, esto no, y el hombre se reía, lo escuchaba con la risa estampada en la cara, y cuando él terminó de decir todo y de a poco intentaba soltar las manos del hombre de su cintura, lo soltó de la cintura, pero con rapidez le volvió a agarrar la cara y con actitud de adicto le encajó otro beso que él tampoco supo escapar, y en los pocos segundos en los que la situación transcurrió, pensó en que, en realidad, podría ser que eso le esté gustando, que no sabía cómo ni por qué, pero que podría ser, que el miedo que lo paralizaba quizás tomaba sentido en la idea de que era miedo a lo distinto, a lo nuevo que de alguna manera él buscaba probar, y soltó sus labios, su lengua, su beso, y hasta incluso sus manos, que lo agarraron al hombre de la cintura, y lo acercaron, con fuerza, hacia él, que no entendía ni un poquito lo que estaba haciendo, pero ya tendría tiempo para arrepentirse.

El hombre y él, sin sacarse la boca del otro de encima, se fueron metiendo en uno de los box de los inodoros, sin decirse nada, haciendo como que todo estaba dicho, con las manos acariciando con prepotencia y teniendo en mente lo fundamental del tiempo que, otra vez, se metía en la cabeza de él, y también del hombre, para apurarlo, para que no accione la ansiedad de ella, que seguía esperando en la mesa, para que la ida al baño no sea algo que ocasione problemas, discusiones ni mínimas discordias, y quede como algo natural haber tardado una relativa cantidad de minutos, y cuando pensó en los minutos, en la cantidad de tiempo que podría tardar para no levantar sospechas, cerraron la puertita del box, y no es por nada, pero la intimidad de las personas es la intimidad de las personas y lo que hicieron ahí adentro, encerrados en el box, a su vez encerrados en el baño, quedará en ellos, en sus cabezas, sus manos, sus bocas, y así, porque es mejor dejarlo en sus cabezas que haber buscado la manera de entrar al box con ellos para ver lo que hacían.

Minutos más, minutos menos, en algún momento la puerta del box se abrió y él salió, como si nada hubiese pasado y abrochándose el cinturón cuando el hombre, que también salía, se subía, por segunda vez, el cierre del jean, sonreían, se lavaban las manos mirando al espejo y salieron, primero el hombre, y a los pocos segundos después, como para disimular, salió él, sintiéndose parado en el borde de un abismo, con el vértigo que le comía la nuca y le picaban las manos. Y cuando vio la cara de ella, pensó en que iba a tener que encontrar una excusa para explicarle porqué tardó tanto tiempo, que bueno, que no era que tenía ganas de mear, sino de lo otro, y cuando entró alguien, me dio vergüenza salir, y esperé a que se fuera, y después salí, para que no me vea la cara y la relacione al olor que podría haber en el baño, y quizás con eso la zafe, y listo, pero ella no le preguntó porqué tardó tanto, ni siquiera le mostró enojo, ni una mínima molestia, sino que casi desesperada, con cara de espanto, de no saber qué hacer, le preguntó si le había hecho algo, ¿te pegó, te robó, te hizo algo?, él no entendía nada y no llegó a decir ni media sílaba que ella siguió con que nos acaban de robar a todos, mesa por mesa, de las de afuera y las de adentro, y al dueño también, y a todos, y el que se metió en el baño atrás tuyo se fue con ellos y creí que, a vos también, te habrían robado, o golpeado o algo, porque encima vos no tenías plata, ni nada, y ella no paraba de hablar, estaba nerviosa y la situación, por supuesto, la había alterado por demás, y no podía parar de hablar, de decir lo primero que se le ocurriera, y él sabía, siempre lo supo, que en esos momentos, no tenía que decir nada sino, simplemente, abrazarla, y la abrazó. Y ella se agarró fuerte y lloró, de la bronca, del odio, de los nervios.

Él se sintió un imbécil, no supo cómo entender la situación, el porqué alguien se dedicó a entretenerlo a él en el baño, y hacer lo que hizo, para que él no saliera, y los demás, ¿eran varios?, robaran a los que comían o esperaban comer, a los que cocinaban o dirigían la cocina, a todos, a todas, y él en el baño, teniendo su primera experiencia con un hombre, el hombre, que lo miraba con ojos de placer, que lo acariciaba, que lo tocaba, como nunca le había pasado, no porque nunca lo hubiesen tocado, pero nunca un hombre lo tocó de esa manera y él había quedado nervioso, pero no por el robo, no por la situación histérica de un robo masivo a todas las personas presentes, a cada comensal, y a ella, que lo esperaba a él, sino por esa primera experiencia extrema, al menos para él, que no supo cómo mantener oculta, teniendo que convertirse también en víctima del asalto, mintiendo, porque eso era lo que tenía que hacer, mentir, a ella, por lo menos, que en ese momento le pidió ir para la casa, que no tenía ganas de estar ahí y, además, no tenían ni un peso para poder pagar el pollo, la milanesa, la ensalada y las papas fritas que habían pedido, junto al vino, que ella ya había servido en dos copas y que una, antes de irse, el hombre que salió del baño la agarró y se la tomó de un trago mirando a ella a los ojos, que no le pudo decir nada.

Cuando se fueron, él, con mucho disimulo, sin que ella se diese cuenta, sacrificó el celular, tirándolo en un costado, entre unas plantas, pensando en que eso le justificaría la mentira de que a él lo mantuvo encerrado en el baño y le robó lo único que podía robarle que era el celular, porque plata no tenía y porque se ve, dijo cuando tuvo que explicar el momento que vivieron desde su lugar, que violarlo no era la intención de ese hombre, que no lo dejó salir del baño durante toda la secuencia porque lo tenía paralizado con un cuchillo, y mientras él contaba eso a ella o a amigos, como a Juan, que lo escuchaban muy atentos, sentía que la invención de historias para tapar la vivido en el tiempo real era lo más cercano que estaría a tocar en la guitarra una de Hendrix o de Divididos, o quizás un punteo ricotero o uno propio que era, al fin y al cabo, lo que estaba haciendo.

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