lunes

Antes de entrar

Alguna vez, quizás. Pero no estoy totalmente segura de eso. No sé si alguna vez podré estar en un lugar así, tan quieto, tan callado, tan insoportablemente en silencio, mudo. Era la nada misma, como no estar en ninguna parte o como estar en el vacío. Fue un segundo. Casi que no pasó. Llegué a verlo, pero con verlo fue suficiente para que deje de pasar. Él estaba en el medio, sentado en el piso, con los ojos cerrados, todo cerrado, con poca luz, callado, en la nada. Abrí la puerta, despacio, pensando que dormía, para despertarlo con un beso en la frente y un buen día susurrado, pero no, estaba ahí, sentado en el medio, callado, enmudecido, entero, todo él, todo lo que él era en ese momento, su cuerpo, su voz, sus ojos, su espacio. No sé si el tic llegó al tac, y el aire se movió.

Él tardó. Uno o dos segundos, pero tardó. Y supe que en esa tardanza estaba mi peso, mi piedra, mi molestia. El silencio me había callado y no supe hacer otra cosa que mirar. Abrió los ojos. Y la nada ya era eso que estaba ahí, ya parecía real, material. Me miró. No dijo nada pero sonrió. Estaba tan concentrada en encontrar una tangente para escapar de ese momento que no me salió ni una mueca parecida a su sonrisa. En medio de un parpadeo, volví a mirarlo con atención. Y le sonreí, así, sorprendida.

- ¿Hacemos unos mates? –preguntó.
- Perdón –le respondí y los dos nos dimos cuenta de que no había escuchado.

Me puse colorada, no me costaba mucho. Él volvió a sonreír, se levantó del piso y -después de una caricia y un beso en la frente- fuimos a la cocina. Siempre envidié su capacidad para no enojarse y siempre me hizo mal cuando se ha enojado.

Hicimos mate. Y ahí dijo algo que no escuché bien porque pensaba en otra cosa.

- ¿Qué?
- Que si querés dulce o amargo.
- Dulce.
- Gracias -dijo y se río.

Él era dulce, pero no de esos dulces empalagosos, insoportables, pesados, pegajosos. Él era hasta ahí, era lo permisiblemente dulce, lo política y correctamente dulce. Él era eso, hasta ahí, limitado, clavado en el punto justo. Cuando no sabía cómo fugarse de una situación, se pasaba del límite y se notaba su exageración. Todo él era así, justo. La medida justa, le decía yo. Siempre le decía lo mismo. Porque todo era hasta ahí, sabía dónde se podía con cada persona con la que trataba. Era demasiado, demasiado justo, demasiado… no sé. No se permitía el error, no se permitía equivocarse, no podía ir más allá, nunca arriesgarse, en todo era hasta ahí. Ubicado, respetuoso, correcto. Eso: era correcto. Tanto, que era insoportable. Pero, claro, tenía sus momentos en el que se hartaba de él mismo. Nunca se bancó a él mismo, pero él tenía que ser potable para el resto. ¿Y cómo no iba a ser potable si nunca pasaba un límite y había perfeccionado, hasta el detalle, observar los límites que imponían los otros para nunca pasarlos? Te estudiaba y después se comportaba reglamentado, estructurado, amoldado. Se portaba bien, levantaba la mesa, saludaba, sonreía a gusto, era respetuoso, hablaba correctamente, no sabía qué era hacer mal, era feliz, transmitía felicidad, y todo, absolutamente todo, lo hacía de acuerdo a las circunstancias, de acuerdo a la gente que estaba en el lugar o al lugar mismo, de acuerdo a la hora, a lo que estaban tomando, comiendo, haciendo. Pensaba en todo eso, en cada momento, siempre. Por eso se encerraba a estar en silencio. No el silencio del que hablamos todos, sino en ese silencio, tan extremo, que no soporta siquiera que se repita una y otra vez una gotera en la piletita del baño.

Varias veces eso me ha hecho enojar. Lo rechazaba cuando era así, pretendiendo ser correcto todo el tiempo. Correcto acá, correcto allá, correcto cuando habla, cuando no habla, cuando se mueve, cuando va al kiosco, cuando va a lo de mis abuelos, o en casa, o en la suya. Correcto todo el tiempo. Y lo peor es que a él le molesta, le pesa y le cuesta salirse de esa perfección falsa, de ese marco regulado por los otros, nunca por él, sino por los otros, o por lo que él cree que quieren los otros, lo que esperan de él. Y explotaba conmigo, o con las personas que quería, que lo conocen, que saben que él no se soporta dentro de esas rejas que él mismo se pone, y las tira a la mierda en la primera de cambio, siempre, con alguien que conoce. Y de mala manera, obvio. Después no sabe pedir disculpas, y a mí me lo ha hecho más de una vez. Mi reacción, siempre, o casi, ha sido abrazarlo, en silencio, entendiendo que el ataque no era a mí, sino a él mismo. No sabe encararse ni a sí mismo. Pero hubo veces que me enojé, y se lo dije, y él terminó llorando. Aunque a veces no ha llorado creyendo que a mí me haría mal.Todo era así.

Tomamos unos mates dulces, nos reímos, hablamos de cosas sin sentido, fingimos ser felices. Y antes de que cebe el último mate me preguntó si creía que él sería un buen padre.

Volví a sentir la nada en mi cabeza, sólo en mi cabeza. ¿Padre? ¿Cómo pensás en ser padre si todavía no dejaste de ser hijo?, pensé. Pero sólo le dije: “Creo que sí, serías un buen padre”. No dije nada más. Creí que quedaría contento con esa respuesta. Él sonreía y tampoco dijo nada más. Estaba callado. Y me miraba, y también me enamoraba, aunque a veces no sabía bien porqué.

- Voy a ser papá –dijo y todo lo que nos rodeaba se convirtió en aire, negro, oscuro, con nosotros solos iluminados en el medio con una luz teatral.

Y ahí empezó a hablar, pero nada de lo que empezó diciendo lo escuché. Me quedé concentrada en esas palabras, frías, violentas, que dijo con una sonrisa, después de unos lindos mates, de una mañana tranquila juntos. Juntos, pero alejados. Hasta que volví, y escuché. Y me decía cosas como que una noche salió con los amigos a no sé dónde, que estaba borracho pero no era una excusa, y conoció a una chicha y que la chica lo apuró, y los amigos lo miraban, como que él tenía que ser correcto, él siempre tenía que ser correcto, siempre en el camino de la perfección, y los amigos le decían que dale, metele, si tu novia no se va a enterar, no pasa nada, y él lo hizo, total, yo no me iba a enterar, era una vez, no pasaba nada, sólo era eso, una calentura, socialmente aceptada, que se iba al rato, con la borrachera, que no era excusa pero que no resistió argumentos contra la obligación de estar con esta chica, que, encima, termina quedando embarazada, porque, parece, que el forro se pinchó, o alguna de esas cosas que intentan explicar algo y que solo embarran más.

En ese momento quise que todo vuelva a estar como antes de abrir la puerta. Quería volver para atrás, porque no sabía qué se hacía en esos momentos. Quizás, era una buena oportunidad para irme a alguno de esos lugares a los que nunca voy, o tal vez pudiera cerrar los ojos y llorar. Él se acercó, me abrazó y no dijo nada, ni siquiera me pidió perdón, y todo se endureció, la luz, el aire, las sombras, quietas, todo estaba así, quieto. Me dio miedo moverme. Pero me moví, me lo saqué de encima y me fui sin decirle nada. Y, quizás, esa habitación volvió a estar tan insoportablemente quieta como antes de que yo entrara.

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