lunes

Aunque nos hagamos los boludos

Entramos a casa, después de trabajar o de salir a bailar, y un sobre cerrado espera en el suelo de la entrada. Lo abrimos y en una hoja de cuaderno, hay una orden: tenemos un objetivo. Ese objetivo es armar una mesa que a lo largo del tiempo tenga que sostenerse. Pero como, últimamente, la humanidad poco se mueve por necesidades, es fundamental que a la hora de armar esta mesa tengamos presente que hay otros armando sus propias mesas y eso, de forma inevitable, significará una clara competencia en la que, queramos o no queramos, estamos participando.

La certeza es que si la mesa está bien hecha, si sus patas están ubicadas en los puntos donde deben ir ubicadas, de forma perpendicularmente exacta de manera que una regla escuadra encaje con perfección en el ángulo de la intersección, si tenemos en claro, ante cualquier duda, que la mesa sirve sólo si sabe sostenerse no solo a ella misma sino a todo lo que debe sostener por encima suyo, si sabemos equilibrar su sentido práctico con sus fines estéticos, priorizando siempre su funcionalidad, si condensamos todos estos puntos, sabemos que la mesa será una de las finalistas en el concurso. Pero pensemos en que esta competencia no es una, aislada en el mágico mundo de las competencias que se repiten a la madrugada en los canales deportivos. Esta competencia se repite una y otra vez, incansablemente, como los torneos de fútbol o como cada salida del sol. Y pensemos que seguramente en la primera competencia que participamos, perdemos, cerca o no de la final, pero perdemos. La revancha está a la vuelta de la esquina y para ella nos preparamos. Volvemos a perder, y la vida da más y más revanchas, pudiendo pasar lustros, décadas y hasta siglos. Y quizás ya no seremos nosotros los que participemos de esas competencias, sino nuestros hijos o sus amigos, o sus ex compañeritos del colegio o unos locos rebeldes del barrio. La eternidad de la competencia, en algún punto, intenta frustrarnos de que jamás podremos ganarla y muchos ya dejan en el camino la carpintería y dedican su vida a olvidarse de eso en una oficina, llenando planillas, o sentados en el diván de sus psicólogos hablando sobre la infancia. O cualquier otra cosa que los haga olvidar sus pasos por las Competencias de Mesas.

O mejor sea para lo que decía el sobre que no nos frustremos y seamos la vanguardia en estas competencias, o los que estemos convencidos para transmitirle al que tenemos al lado, a los vecinos y los compañeritos de nuestros hijos que nuestra mesa tiene que ser la mejor y por eso es que vamos a ganar. ¡Qué nos vienen con esas mesas truchas, que se sostienen con poco, durante un tiempo para que después venga otro y gane algunos títulos del torneo nacional! Y logramos, nosotros o alguien, así, juntar a muchos, y cada uno cuenta las virtudes y los defectos de las mesas que tienen en su casa o en su trabajo. Uno dice que la mesa de la cocina no sostiene muchas cosas, otro cuenta que si la tabla de arriba, en vez de ser una tabla de madera es un vidrio, grueso, no se puede golpear como golpearía una mujer o un hombre, enojados por una discusión, dando un puñetazo al medio de la mesa que se rompe y termina cortándolos. Y así cada uno. La ronda se agranda y no se terminan más los testimonios, claro, ahora cada uno necesita contar sobre su mesa, que tiene esto, que le falta aquello, que sería mejor si, que de ese color no porque, que si se la lija pasa esto.

Cronistas del mundo se acercan al lugar y observan con sorpresa a la multitud hablando sobre mesas. Discuten entre ellos si es o no algo noticiable, o es tan solo una pelotudez, y llegan a la conclusión de que por más que sea una pelotudez puede ser noticiable, y algunos lo publican en la sección de Información general del diario y a otros se les impidió la publicación para no perder la seriedad del medio, que solo publica a la mesa ganadora y no las cientos de mesas que compiten con ella.

- Pero Jefe, a esta mesa la estaban debatiendo cientos de personas, o quizás eran miles –le discute el cronista, con cierto pudor.

- Cuando vos estés sentado acá, quizás lo publiques. A mí me va bien publicando lo que publico.

Ante esa rudeza, no hubo caso con el Jefe, pero ese era un problema del cronista y no de la multitud que seguía poniendo en debate las virtudes y los defectos de sus mesas, para poder construir una mesa que gane de una buena vez la competencia y no existan más de esas que ganan un tiempo y terminan cayéndose, quizás reciclándose.

- Señores, señoras, niños, niñas –grita uno de repente en medio de la multitud, que se abre en forma de círculo para mirarlo-, es importante que tengamos muy en claro los defectos de todas nuestras mesas, para poder hacer una sin nada de eso. Una mesa sin defectos es una mesa ganadora.

Se ve que se tardó en entender el mensaje porque después de esas palabras, hubo dos o tres segundos de silencio absoluto seguidos por una ovación como si hubiese dicho las palabras claves, esas que exaltan a las masas. O quizás, simplemente, salía a la luz el entusiasmo, el contagio masivo de participar en la competencia. Era la emoción con la que se encara la construcción de una mesa entre muchos, que nació de casualidad, o eso pareció al compartir las propias experiencias, casi en forma de catarsis, para hacerla superadora, al menos, al nivel de esa multitud que gritaba, aplaudía y celebraba sin todavía haber comenzado, siquiera, la primera instancia de la competencia.

La perfección como meta debe estar enlazada por detalles, debe pensarse desde cada punto y no desde la línea entera. Y eso determinó que estén trabajando en la mesa hasta minutos antes de entrar a la competencia. Pero cuando esa mesa entró en el estadio en el que se realizaba la Competencia Nacional de Mesas, los que ya estaban dentro la miraron, sorprendidos, anonadados, porque las que esperaban dentro sabían que no eran mesas que, con un jurado serio, puedan ganar una competencia seria. Eso los hizo dudar sobre la seriedad del jurado. La prensa miraba. La multitud entraba con la mesa sin defectos, o eso parecía, al menos. Y la competencia tenía más participantes de lo normal. El jurado se puso nervioso, no soportaban la presión que ejercían las miradas multitudinarias sobre sus conciencias o sobre sus bolsillos.

La mesa era una de esas mesas imposibles de hacer caer, por la cantidad de patas que tenía, pintada de colores llamativos y opacos, logrando una combinación exquisita, que a cualquiera le quedaría bien en su living o al lado de la parrilla en el patio. Un estilo del que no se había visto, imposible de etiquetar con las etiquetas de épocas barrocas o románticas, de la Edad Media o Moderna. Era una mesa que encajaba en el calendario, pero que sin dudas iba a insertarse en los inviernos venideros, con un firme sostenimiento, o en las flores de octubre. La mesa podía sostener muchos platos de comida y se podía agrandar con más partes que se escondían debajo, para un lado y para el otro, abriendo lugares a más comensales y, lo más importante, con espacio para seguir agrandándola más y más. Estaba armada contra pruebas de tormenta, porque uno de los vecinos, Julio, contó que una vez, en la tormenta del ’99, se le rompió una mesa por la sacudida que le pegó el viento, que se la terminó llevando y él nunca más la vio. La mesa resplandecía en el estadio y desafiaba sin desafiar, sin explicitarlo, sin decir nada, porque desafiaba con sus aptitudes, segura de que cumplía con los requisitos para ganar esa competencia, porque para eso había sido hecha.

Los contrincantes estaban nerviosos. Sabían que si perdían se venían tiempos difíciles, sobre todo, porque no están acostumbrados a perder. “Las Competencias Nacionales de Mesa son nuestras”, susurraba uno, desesperado, buscando en su cabeza la tranquilidad necesaria para sobrellevarla. El Jurado miraba, esperaba, simulando paciencia y discutían entre ellos. Nunca habían discutido en una de estas competencias porque siempre había indicadores claros que los hacían decidir por uno u otro. Pero esta vez era distinto. Esta multitud atacaba al sentido común de estas competencias, ese sentido común que acababan de perder en el mismo momento en el que esa mesa entró por las puertas de este estadio. Algunos de los jueces comenzaron a plantear disidencias dentro del Jurado y eso, para la multitud, comenzaba a ser una victoria.

Y esa victoria, supongamos, que la multitud la logra, y ahí descubre que la mayor dificultad de la competencia radica después de ganarla. Los vecinos, entonces, se dedican a pensar en cómo hacer para que el tiempo, ese modificador constante, no genere condiciones para que la siguiente competencia vuelva a ganar y así poder avanzar de nivel, pasando del nacional al continental, y llegar al mundial, así, con fuerza y también ganarla.

O supongamos que esta vez no se gana, y que sólo queda esperar a la siguiente competencia, con más preparación, con más detalles, con más perfección, con la seguridad de que no se perdió por incapacidades sino por desconcierto, de los otros o del Jurado. Pero sabiendo que se puede ganar. Y la tarea ahí es seguir siendo una multitud, porque si se deja de ser una multitud, la mesa quedará en manos de unos pocos que después decidirán por ellos los arreglos de la mesa y no por todos los que una vez fueron.

La otra opción es volver de trabajar o de salir a bailar, no ver o hacer que no vimos el sobre, y comer algo en la mesa de la cocina, sin siquiera imaginar en que existen las Competencias Nacionales de Mesas, o sin siquiera imaginar, que es un tanto más triste y aburrido, para terminar acostándonos, mirar un poco de tele y dormir sin despertarnos por los sueños. El sobre estará, más o menos oculto, esperando ser abierto en la puerta de casa y las competencias de mesas se seguirán haciendo aunque nos hagamos lo boludos.

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