lunes

La vida no es un dominó


O soplar y hacer botellas. La vida, así, en genérico, no cualquiera la puede abordar y no va a ser este el caso. Al menos no con los ojos clavados en ella, como queriendo exprimirla, presionando en el centro de su esencia para que exponga a la luz sus sentidos, sus formas, sus caminos y sus gustos preferidos. Porque a veces, no hay mejor manera que agarrarse de un punto, aferrarse con fuerza y salir al escenario con ese punto, que no pretende ser más de lo que es y ya, porque, dicen los puntos que en esto concuerdan, no hay nada peor que un punto pretencioso.

Y aunque parezca lo contrario, nada pretencioso es este argentino, que dice que es un turista en su propio país, aunque en realidad, dice, en el bar con los amigos, cuando del café se pasó a la cerveza bien fría en una tardecita de verano, Buenos Aires no es argentina, entonces, cuando hacia allá vamos, no somos turistas en nuestro propio país, sino en uno vecino, como es Buenos Aires. Pero cómo, le cuestiona alguno de la mesa, si Argentina es justamente eso, es diversidad, es de todo un poco y un poco de todo. No, no es y punto, le dijo el otro que se arrepintió al poner el punto y lo trocó por coma, es la cara externa, la más visible, la más carismática, la que habla en público diciendo “ah, sí, claro, somos los de la avenida más ancha y también de la más larga”. ¡Qué ancha ni larga!, le grita este argentino indignado, arrogándose el calificativo de argentino, la autenticidad, el sello firme y mostrando en su brazo izquierdo, el imaginario holograma con el pirata que arguye su veracidad. Los otros lo miran, lo estudian y uno sale al cruce, no para responderle sino para cagarse de risa en la cara. Pero no te das cuenta que son un tercio del país, o más, que pueden decirte que lo que sobra de este país sos vos, con toda esa decisión, sin vueltas, sin charla previa. No te das cuenta que al fin y al cabo lo de ser o no ser argentinos es una casualidad, es haber salido del vientre de tu madre, que de casualidad andaba por acá, por estos pagos y te largó, así, sin más, como te podría haber largado en Madagascar o en Suiza, o en un basural o en la punta del Obelisco. El Obelisco, dice Leo, qué mentira más grande. Lo miran y no encuentran el hilo conductor de la charla. Cuando era chico, continúa diciendo Leo, con mi abuelo íbamos mucho a la Capital, el viejo compraba unas telas y no sé qué más, no le prestaba atención a eso, sino a lo grande al pedo que era esa ciudad. Y el Obelisco es eso, es la muestra de su grandeza vacía, llena de nada, es la mezcla de pornografía con un miguelito para autos de gigantes, en medio de esa enorme alfombra roja con la que te reciben al entrar, haciéndote sentir una miniatura, un ser insignificante en esta tierra, una pelusa detrás de un mueble, una gota perdida en la tormenta, todo para enaltecer ese cúmulo de ladrillos, esa punta que sale de la tierra y no nos dice desde dónde viene.

- Pero todo es así –le dijo el Rulo, que abría la boca sólo cuando tenía algo que decir-, todo en este país y en el mundo está hecho para que nos sobrepase, para que permanentemente nos exceda, para que se nos escape de nuestras manos.

Los muchachos lo miraban, azorados. El mismo tipo al que en las madrugadas lo tildaban de cuchara, porque su silencio lo asemejaba a una sota, sin intenciones de pinchar ni de cortar, ahora salía al cruce, arrasando con sus palabras, reflejándose en la perplejidad de los ojos ajenos y con una espada en la mano esperando que alguien, quien fuera, se le plante en frente para darle batalla. Pero no fue así y el Rulo prefirió seguir.

- Mirá el celular que tenés en la mano –dijo mirando fijo a Luisito, que acató la orden de inmediato-, ¿no vivís diciendo que te supera por la cantidad de cosas que tiene? Y si te metés ahí, adentro de todo, no entendés cómo un chino, que está a unos diez mil, veinte mil kilómetros de distancia, o más, hizo que vos, acá, sentado en un bar de este pueblo, puedas sentir el alivio de tener, ahí adentro, la posibilidad de decirle a tu mujer que estás ocupado y que hoy no vas a cenar, en un mensajito que no tenés ni idea cómo es que desde tu pantalla vuele por el aire hasta la pantalla del celular de tu mujer.
El Rulo no supo en ese momento si había podido expresarse con la claridad que el asunto requería. “Nunca supe ser muyclaro”, pensó antes de que Luisito, con cierta resignación, improvise:

- ¿Y por qué, Rulo?
- Porque de eso se trata, Luisito, justamente de eso –dijo a la vez que se tiraba sobre el respaldo de la silla y daba un sorbo a su vaso-. Cuanto más inabarcables sentimos que es el mundo, más lejano lo ponemos y nos convencemos que la única manera de sobrellevar esta vida es sentándonos en un bar, a reírnos entre nosotros, tomando algunas cervezas para volver a casa, más o menos borrachos, y decirle a tu mujer: “buenas noches, vieja”.

Los demás, en la mesa, no sabían qué decir. Sentían que las risas que siempre los destacaban, por la que los mozos del lugar les regalaban una o dos botellas de vez en cuando, eran la expresión de lo banal y no simplemente la fuga de sus miserias diarias, de sus rutinas malogradas, de sus sueños en huelga. En dónde habían quedado esas charlas en las que Juano le objetaba a Tulio que a una mujer, nunca, se le puede regalar un disco de Me darás mil hijos, y que eso es lo que hace que las minas lo dejen sin que lleguen a conocerlo, por su obstinación en sobreponer los gustos personales por sobre los meta-mensajes. O esas discusiones en las que, con fervor, se denunciaban las trampas en complot en las noches de póker, que salían a la luz en borracheras posteriores y en las que, claro, el derrotado, muchas veces endeudado a partir de esa noche de timba, se ponía en el rol de la ley y el orden, casi constitucionalista, reclamando justicia y mano dura para los imberbes del juego. O esta misma charla, que empezó en la disyuntiva del ser argentinos, navegando por la superficialidad del discurso anti-porteño, y terminó hundiéndose cual buzo en las profundidades de un mar en busca de la esencia en la grandeza del mundo, a fin de cuentas, en la inmensidad del universo en relación con las teclas que los dedos aprietan para decirle algo alguien, ubicado en algún otro lugar del mundo, que no ve venir nada, hasta que ese algo le vibra en el bolsillo o le suena en la cartera.

El silencio gobernaba en la mesa, al ritmo de una melodía uruguaya que aclimataba el local. El Rulo, con su acostumbrada tranquilidad, se servía las últimas gotas de la cerveza que había sobre la mesa y, mirando al mozo parado al lado de la barra, hizo la seña que indica la necesidad de una botella más.

- ¿Ven? –reflexionó, queriendo continuar su inusual monólogo- Mirá cómo movemos la rueda desde acá sentados –afirmó haciendo del plural un sujeto singular.

Y siguió, con los ojos de todos clavados en su boca, como si se escuchara con la mirada, y con los suyos siguiendo el camino del mozo hacia la mesa. Esta cerveza que acá pedimos, dijo, está haciendo girar el mundo, o más preciso, está haciendo girar la rueda que hace girar al mundo. Porque hacemos que este mozo, se gane el mango con el que moverá la rueda que hace llegar la comida a su casa, y que el dueño de este bar, que allá está, dijo mientras señalaba para la barra haciendo que el hombre calvo y de chomba verde oscura salude hacia la mesa, compre más cervezas al proveedor, que a su vez pedirá más en la fábrica, que hará más y más, haciendo trabajar a otros hombres por allá, ya no sólo en la fábrica sino en los campos de donde sale la cebada, que es llevada por algún camión, que a su vez hace girar la rueda, ya no sólo del camión mismo, sino de un sistema que lo necesita como él necesita del sistema, o de eso que él hace para que se lo retribuyan con la guita que necesita para pagar su nafta y las minas de los parajes ruteros. ¿Qué pasaría si este mozo, gritándole al aire y a su jefe, reclama un sueldo más alto? No se sabe. Quizás lo echen, contraten a otro, como todos los mozos que han pasado por acá. Pero quizás nos haga reflexionar a nosotros sobre lo poco que gana, que no le alcanza para, siquiera, tomar una birra con amigos en un bar como nosotros. Quizás logre que una de las fichas que parecen firmes en nuestra cabeza, caiga y movilice, así, a otras fichas, tirando una detrás de la otra… O no, y no mueva nada, y la rueda siga girando como si nada, y ese chino que hizo tú celular, dijo, esta vez mirando a Luisito que lo escuchaba con atención pero sin la certeza de entenderlo, siga haciendo más celulares, o una partecita pequeña de esos, sin saber quién ni cómo lo va a usar, si lo entenderá o no lo entenderá, haciendo girar la rueda, manteniendo el equilibrio. O que este mozo, no piense en que trayendo esta cerveza mantiene la rueda como está, o si lo piensa, no quiera modificarla, porque sabe que su voz, solita, por más gritos que largue al vuelo, no significa nada en este mundo que nos hacen ver inmenso para que vivamos nuestra vida sin pretensiones de cambiar siquiera la posibilidad de que este mozo, alguna vez, tenga la posibilidad de sentarse en un bar, con sus amigos, a tomar una birra sin ser él el que lleve los vasos, las botellas y la picada. Tomó un trago de cerveza y se calló. Los otros lo miraron, por unos segundos, hasta que Luisito cortó el aire.

- Miralo vos al Cuchara, che.

No solo los sentados a la mesa se rieron, sino también unas señoras de la mesa de al lado ante la primera reflexión que sacudió el monólogo del Rulo. Las señoras, al ratito, siguieron en lo que estaban, y los que estaban en la mesa con el Rulo, también. El hilo de la charla se enredó entre las risas y las peleas de Tulio con Juano, las preguntas de Luisito y las anécdotas de Leo, que no terminó de contar la anécdota con su abuelo, que nadie reclamó, por las dudas, y el Rulo se metió en su personaje mudo, comiendo unas papitas fritas y emborrachándose de a poco, prestando atención a las palabras que se cruzaban sobre la mesa, riendo cuando tenía que reír y haciendo algún que otro gesto de a ratos, sabiendo que los grupos de amigos son para eso, para charlar de la vida sin pretender demasiado. Porque también se trata de eso, pensó esa noche y días después, mientras compraba un cucurucho con helado de chocolate, como cuando era chiquito y escuchaba a su madre explicarle que nada es soplar y hacer botellas, o que la vida no es un dominó. “En el escenario a veces hay que improvisar”, remataba la madre, una y otra vez, sin tener la más pálida idea de teatro.

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