sábado

La señora y el especialista

- Buenos días, señora. ¿Qué es lo que necesita? –dice el especialista.

- Buenos días… -La señora titubea, pero logra seguir: Me dijeron que usted es especialista en infidelidades.

- Así es, señora, tengo las mejores fórmulas para llegar al quid de la cuestión en poco tiempo. No hubo un caso que no haya podido esclarecer –asegura con soberbia-, soy el único experto de la ciudad en descubrir infidelidades. Y también fidelidades. ¿Su marido le es infiel, señora?

- Eh… no lo sé. – La señora intenta seguir, pero el especialista la corta de seco:

- Ninguna mujer nunca lo sabe, señora, pero tienen todas las sospechas. ¿No es así?

- Sí, señor. Es así –dice la señora y mira para abajo, sintiendo vergüenza.

- Tranquila, señora. Si usted me contrata, sabrá la verdad de la milanesa. Si es infiel o no es infiel.

- ¿En serio, así de fácil?

- Sí, señora, para eso trabajo y para eso tengo la experiencia que tengo –y para ejemplificar lo que dice mira las paredes como mostrándole los cuadros de títulos en las paredes.

- Bueno, lo contrato –aseguró la señora, con mucha firmeza.

- Excelente –dice casi susurrando el especialista-. Le aseguro que tendrá toda la información que requiere en el menor tiempo posible. pero hay una cosa que tengo que saber antes…

- Claro, los datos de él, dónde trabaja, qué hace por las tardes o determinadas noches…

- No, no –la interrumpe-, necesito saber si usted le es infiel a él.

- ¿Qué? ¡Cómo se atreve!

- Necesito saberlo, señora, es parte de la investigación.

- ¿Y qué tiene que ver si yo soy infiel o no?

- Mucho, señora. Es esencial –dice el especialista y se prendió un cigarrillo.

- No, no soy infiel. - Afirma la mujer poniendo más seriedad en su cara.

- ¿Por qué me miente, señora? Ya sé que usted lo engaña.

- ¡¿Cómo que lo sabe?! –grita la señora.

- Vio que tenía razón.

- Ehh… pero…

- No se preocupe, señora. Tengo la obligación de mantener en secreto profesional la información de mis clientes –modula, con suavidad, el especialista.

- Yo quiero saber si él es infiel o no. –La señora intenta huir de la situación volviendo al tema principal, y el especialista le sigue el juego.

- Está bien, señora, yo voy a investigar a su marido. Voy a hacerle las siguientes preguntas. –Y el especialista agarra unas hojas que estaban sobre su escritorio.

- Sí, por supuesto. Pregúnteme no más…

- ¿Cuántas noches duermen juntos?

- Cinco –responde rápidamente la señora, casi sin pensar.

- ¿Cinco? –repite el especialista- ¿Y las otras dos?

La señora lo mira relajada. “No es tan grave”, parece que piensa. Y el especialista, no la deja responder y asegura:

- Claro, ahí es cuando usted le dice que sale con amigas y se va a dormir con el otro.

- ¡No sea desubicado! –Se indigna la señora y amaga con irse- Si no se toma el caso en serio, me retiro ya mismo de acá.

- Señora, esta información es elemental para avanzar en la investigación. Lo estoy tomando con mucha seriedad –le dice él mirándola a los ojos con crudeza y prosigue haciendo de cuenta que nada pasó: ¿Cuántas veces por semana tienen sexo?

- ¿Por semana? Podría decirle que dos o tres veces al mes… ya no hay tanta actividad en nuestros cuerpos –dice sonrojada e intentando dar a entender que eso es común en todas las parejas de su edad.

- Entre ustedes, señora, no hay tanta actividad. Si usted está con otro y él con otra es porque la actividad de sus cuerpos, está en perfecto estado –se permite opinar el especialista.

- ¡Tampoco son tantas veces con Bruno! Y…

Intenta decir algo, pero el especialista mientras toma su lapicera y anota algo en su papel, le dice:

- Ya sabemos que se llama Bruno.

- Eso a usted no le tiene que importar. Yo necesito saber la información de la mujer que está con su marido.

- ¿Esto no será una excusa para separarse de su marido, sacarle plata y nunca enfrentar la situación de decirle que lo engaña con otro? – Pregunta el especialista, recostándose sobre su sillón con rueditas, con cara de detective.

- ¡Si no tiene un peso, señor! –le grita la señora.

- ¡Ajá! Ya sabemos que su posición económica a usted le molesta.

- No, eso no me molesta, me molesta que esté con otra mujer.

- Pero, señora, le recuerdo que usted está con otro hombre.

- Pero yo lo vengo a contratar a usted para que me diga si mi marido está o no con otra mujer, no para que me diga lo que yo hago o dejo de hacer –dice la señora con un tono suave pero muy firme.

- Es que si su marido está con otra mujer, es porque usted no lo satisface.

- Eso usted no lo sabe.

- ¡Señora, me acaba de decir que hacen el amor dos veces al mes!

- Dos o tres –corrige la señora-, y a veces cuatro.

- Ah, discúlpeme. Eso cambia drásticamente la cuestión –ironiza el especialista.

- No me tome el pelo, señor. –Y, ya cansada, pregunta: ¿Va a hacer el trabajo o no?

- Sí, señora, es lo que estoy haciendo. Estoy trabajando. En ningún momento me salí de mi rol profesional. ¿Quiere que prosigamos en el trabajo o quiere seguir cuestionándome?

- Prosiga, por favor –dice la señora como si fuese un policía de tránsito, haciéndole la señal de “siga” con la mano derecha.

- ¿Le revisa el celular?

- No, lo tiene siempre en su bolsillo.

- Entonces ha querido pero nunca ha podido.

- Claro.

- ¿Y eso a usted no le parece que a su marido le molesta?

- ¡Si él no lo sabe!

- ¿Usted cree que su marido no se da cuenta que le quiere revisar el celular?

- No, no se da cuenta.

- Lo trata de estúpido. ¿Él es estúpido, señora?

- No, señor, ¿cómo me va a preguntar eso? No lo trato de estúpido, él no sabe que le quiero revisar el celular. Además, yo no podría estar con un estúpido.

- ¿Y por qué está con su marido?

- Porque quiero estar con él, señor –dice con obviedad la señora.

- Y entonces, ¿por qué está con Bruno?

- ¡Qué le importa!

- ¿Se dio cuenta que fue más importante para usted decirme el nombre de su amante que el de su marido?

- ¡Eso no es así!

- ¿Cómo que no? –se pregunta el especialista- ¿acaso no me dijo usted el nombre de Bruno y no el de su marido?

- Pero no es porque me importe más decir uno que el otro.

- ¿Y eso usted cómo lo sabe? Se lo estoy diciendo yo que soy un especialista en el tema, señora.

- Usted es especialista en investigaciones de infidelidades, no es terapeuta.

- ¿Está segura, señora?

La señora no sabe qué responderle. Y el especialista, se ríe y le dice:

- Es verdad, no soy terapeuta, pero es parte de mi especialidad saber qué tanto usted quiere a ese hombre que supuestamente le es infiel, como usted a él.

- Yo necesito saber eso porque es muy importante para mí. Él todavía me dice que me ama.

- ¿Y usted lo ama a él?

- Claro que sí, señor.

- ¿Y por qué está con Bruno?

- Porque me calienta, ¡qué le importa a usted! –vuelve a gritar la señora.

- ¿Su marido la tiene chiquita?

La mujer lo mira anonadado. El especialista insiste:

- ¿Sí o no, señora? Es muy importante que colabore.

- No, más o menos –dice ella con excesiva timidez.

- Señora, no sea tímida conmigo. De acá no sale nada de lo que usted me dice.

- Pero es que nunca me lo han preguntado y me da vergüenza decirlo.

- ¿Cómo que nunca se lo han preguntado, señora? ¿acaso usted no tiene amigas?

- ¡Claro que tengo amigas! Nunca me lo preguntó un desconocido, señor, no lo decía por mis amigas.

- Entonces sí lo habló con sus amigas –y vuelve a anotar algo en su papel-. ¿Usted cree que a su marido no le molesta que hable de su pito con sus amigas?

- ¡Todas las mujeres lo hacen!

- ¿Y eso es un argumento válido? ¿a usted le gustaría que su marido hable del tamaño de su aparato reproductor con sus amigos?

- Claro que no me gustaría, pero seguro que él lo hace. Son temas de charlas con los amigos, siempre. ¿O acaso usted no habla de eso con sus amigos? –lo increpa la señora.

- Mi mujer murió, señora. Soy viudo. Y no me gusta hablar de cómo la tenía ella.

- Discúlpeme, señor. Ya sabe, no lo sabía. Discúlpeme. –La señora se pone una mano en el pecho, y asiente con la cabeza y agrega: Lo siento mucho.

- Son cosas que pasan, señora. Todos vamos a morir alguna vez. –Y sin inmutarse, sigue como si nada: Prosigo. ¿Cómo se llama la mujer con la que lo engaña su marido?

- No sé, señor, eso es lo que quiero que me diga.

- ¿Para qué necesita el nombre si ella no tiene la culpa?

- ¿Cómo no va a tener la culpa? ¡Ella sabe que es un hombre casado!

- ¿Y acaso Bruno no lo sabe eso?

- Bruno no importa en esta charla, ¿si?

- Señora: o colabora o esta investigación no va a llegar a ninguna parte.

- Bruno lo sabe y me pide que me separe.

- ¿Y usted por qué no se separa?

- Porque quiero estar con mi marido.

- Claro, sabe que si deja de estar con su marido, Bruno se convertiría en su marido y dejarían de tener sexo a toda hora y en cualquier lugar, para pasar a tener dos o tres veces por mes, ¿no? –pregunta con sarcasmo el especialista.

- Yo soy su cliente, no mi marido ni Bruno.

- Bueno, señora, hagamos así: usted se va ya mismo para su casa y no vuelve a llamar a Bruno.

- ¿Y eso que tiene que ver?

- No sé, pero me parece injusto para su marido que lo investigue sabiendo que usted le es infiel.

- Pero yo no le pago para que usted formule sus propios juicios de valor conmigo. Le pago para que me diga si mi marido me es infiel o no, señor.

- La vida no es tan lineal, señora. Me pide que me involucre, y cuando lo hago me dice que no quiere que me involucre. ¿Me quiere dejar trabajar o no?

- ¡Por supuesto, señor! Es lo que vine a buscar: que trabaje.

El especialista saca su computadora de una maleta. La abre. La prende. Espera en silencio que se abran todos los programas.

- Dígame el correo electrónico de su marido –le dice una vez que su computadora está lista.

- Es: don blasco arroba jotmail punto com.

- Jotmail, ¿con jota o con hache?

- Con hache, señor.

- Ah, porque lo pronunció con jota.

- Porque se pronuncia así.

- ¿Usted es profesora de inglés, acaso?

- No, pero sé que se pronuncia así.

- ¿No será muy tajante con sus verdades, señora? Pero no me responda. Quédese callada.

La señora se queda con la palabra en la boca, en la punta de la lengua. Se reprime. Duda si irse, porque el especialista le parece un chanta. Pero se queda, en silencio, esperando que el especialista le diga algo nuevo.

- Su marido la engaña con una mujer de unos cincuenta años, bastante parecida a usted según la foto que está acá, que se llama Graciela.

- ¡Yo me llamo Graciela! –dice la señora indignada con la labor del especialista.

- Ah, entonces esta es usted, señora.

- ¿A ver? Muéstreme la foto –reclama la señora.

- No, de ninguna manera, esta información es confidencial. Si usted dice que esta Graciela es usted, no se la voy a mostrar: usted solo me pidió información sobre el amante de su marido. Perdón: el supuesto amante de su marido.

La mujer intenta responderle algo, pero el especialista levanta una mano, como diciendo que no diga nada y que está por decir algo.

- Su marido no la engaña, señora.

- ¿Cómo puede saberlo sin moverse de ese sillón?

- Señora, soy especialista en esto y puedo asegurarle que su marido no la engaña.

- ¡Usted es un ladrón embustero!

- Señora, le voy a pedir que no me insulte.

- Lo insulto todo lo que quiero. Sé que mi marido me engaña y no voy a parar hasta comprobarlo.

- Eso es muy confuso, señora. Sabe que la engaña, pero lo quiere comprobar.

- No sea irónico conmigo, señor.

- Sólo le pregunto, señora, porque usted está muy segura de algo que no es cierto. ¿Está haciendo terapia?

- No, hace ya unos años que no voy.

- Tendría que volver.

- ¿Y usted qué sabe de mí? –le dice la señora, increpándolo sin esperar respuesta alguna.

- Que engaña a su marido y que se muere por sacarse culpas de eso sabiendo que su marido, que debe ser un boludo bárbaro, la engaña con otra mujer que es inexistente. Que tiene sexo con él dos o tres veces al mes, a veces cuatro. Que habla con sus amigas del pito de él. Que Bruno le pide que se separe, pero usted no quiere dejar de tener tanto sexo con Bruno entonces no se separa. Que no va a terapia hace años. Ah, y que no le mira el celular a su marido porque lo guarda en su bolsillo.

- Esto no es nada serio, señor. Mejor me voy –dice la señora, que agarra su cartera y se levanta en un santiamén.

- Señora, usted no sabe lo que es serio o lo que no en esta profesión. Lo que vino a buscar ya lo sabe: su marido no la engaña. ¿Entendió?

La mujer lo mira y no le responde. Intenta irse pero la puerta está cerrada con llave. Se da vuelta y mira al especialista, que la mira con sorna, con las llaves colgando de su mano derecha.

- Usted no se va a ninguna parte sin pagar, señora.

La señora, con más indignación, no le responde, saca su billetera y le paga.

- Este no es el número que corresponde, pero está bien por ser usted, señora.

- ¿Y cuál es el número que corresponde? No quiero deberle favores a usted.

- Son cien pesos más. Pero vaya, señora.

- Tome –le dice la señora, mientras saca un billete de cien de la billetera.

- Bueno, gracias Graciela Rocamad. Realmente ha sido un gusto trabajar con usted.

- ¿De dónde sacó ese apellido?

- Porque lo leí en el mail de su marido.

- Ese no es mi apellido. ¡Es el de la otra! ¿Vio que está con otra mujer? Ahora sí, muéstreme lo que vio ahí.

- Señora, no corresponde…

- ¡Tampoco corresponde que usted me esté mirando las tetas desde que llegué, que no me deje salir de acá y encima no me diga lo que hace mi marido!

- ¡Usted es la mujer, no yo! ¡Cómo no va a saber usted lo que hace su marido! Eso, déjeme decirle, no es de buena mujer.

- Sí sé lo que hace mi marido, señor. Lo que no sé es si me engaña o no.

- Ah, va cambiando la cosa –dice el especialista, moviendo la cabeza de un lado a otro-. Hace un ratito aseguró que su marido la engañaba y ahora no está tan segura.

- Sé que me engaña, estoy segura, pero nunca lo vi y no tengo pruebas muy fehacientes.

- Entonces no sabe.

- No me discuta.

- Señora, usted me paga para que le dé información clara, concreta. Y no me deja corregir sus errores. Lo digo para que hablemos con propiedad del caso, señora. Es lo mejor para usted, ¿no lo cree?

- ¿Me puede decir de una buena vez quién es esa Graciela Rocama?

- Es con una “de” al final, señora, es Recamad.

- No me importa, pero puede decir quién es.

- Entonces sí le importa. Bueno, señora, la señora Graciela Recamad es una mujer muy linda, bastante más joven que usted (o eso parece, al menos), que según estas fotos tiene una casa muy linda, sobre la costa, y tiene un muy buen cuerpo también. Entre usted y ella, yo me quedaría con ella, creo. Pero claro, yo no la conocí a usted de joven como su marido. Supongo que él debe tener claro porqué la eligió cuando eran jóvenes.

- ¡Muéstreme esas fotos!

- Tranquilícese, señora.

- No me tranquilizo una mierda. Dígame quién e esa mujer y no vuelva a atreverse a hablar de mí.

- Entonces no puedo proseguir con la investigación, señora. Usted, es parte de la investigación.

- ¡No, señor! Mi marido y su amante son la investigación.

- ¡Cómo su marido no va a estar con otra mujer teniendo usted este carácter, estas formas de hablar con los demás y no haciéndose cargo de que es parte de esta relación!

- No le estoy pidiendo que opine. Quiero saber si mi marido me engaña o no, y le pagué por eso –insiste la señora con desesperación, mirando con furia al especialista.

- Eso ya se lo respondí, señora: su marido la engaña, como usted a él. –Se silencia de repente, como encontrando algo en la computadora y agrega: por lo visto, la engaña después que usted a él, así que fue en forma de venganza. Porque él ya sabía que usted estaba con este Bruno.

- ¿Y eso usted cómo lo sabe?

- Lo intuyo. Los hombres no actúan porque sí y son muy vengativos.

- Usted es un machista asqueroso.

- Sí, igual que usted: quiere acusar a su marido de tener un amante, quiere hacerlo público, así él queda en esa figura de mal hombre, de que son todos iguales, y la pobre víctima es usted, la mujer, la que siempre hace todo bien, pero que sin embargo lo caga con otro hace años ya, y le encanta tener ese amante sobre todo en la cama. Usted es una machista, y le encanta serlo.

- Usted no sabe nada de mí. Abra esta puerta.

- ¿Ve? Ahora quiere huir. Porque a las mujeres les molesta que le digan la verdad, les molesta que las desnuden por dentro. –Dice el especialista mientras se levanta, despacio, y la mira fijamente a los ojos-. Usted, es una mentira. Su marido no tendría que trabajar para que usted pague el hotel con Bruno, para que usted viaje con su amante mientras él se queda en su casa, llamándola para decirle que la extraña aunque no sea cierto. Usted es una mujer de esas que tendrían que desaparecer de esta tierra, es mala y le hace mal a la humanidad, porque ese hombre que usted tiene como marido es sinónimo de humanidad, señora.

- ¿Cómo se atreve a decir todo eso? –dice la señora sin pensar lo que dice, sorprendida por todo lo que acaba de escuchar, mientras el especialista se le acerca y le habla cada vez más bajo.

- Usted es una mujer maldita. ¿Por qué no enfrenta la situación y le dice a su marido que lo engaña con Bruno? ¿Por qué no hace honor a la verdad, esa que vino a buscar acá omitiendo que usted miente como una descarada? Usted no merece a su marido.

La mujer no entiende nada, no sabe qué hacer. Y el especialista insiste, le habla cada vez más de cerca, cada vez más bajo, con un tono casi amenazante, punzante.

- Usted es una mala mina. Está destrozando a un hombre que le ha dado tres hijos, que por lo visto usted tampoco quiere, que los obliga a vivir en una familia de mentiras, de puras mentiras, que llevó a su marido a cometer la infidelidad que durante más de treinta años no se permitió. Usted es una vergüenza y debería darle vergüenza haber venido acá a ver algo que usted hace.

La señora se toma la cara y comienza a llorar. Y el especialista no pierde la oportunidad:

- Usted es la peor mujer que ha venido a esta oficina. No tiene moral, no tiene ética, es una vergüenza para la sociedad. ¿Acaso su madre qué diría de usted?¿Y si padre? Deberían estar tan arrepentidos de haberla tenido…

La mujer lo mira con la cara embadurnada de lágrimas y maquillaje, y le pega un cachetazo.

- No siga –le ruega la señora-, por favor no siga. Usted tiene razón, pero no siga. De acá me voy a mi casa a hablar con mi marido, a pedirle disculpas. No volveré a serle infiel, se lo prometo, señor.

El especialista se sonríe y vuelve a ponerse erguido, se aleja de la mujer, y vuelve a hablar con tono normal:

- No, señora, por favor, no tiene que prometerme nada a mí. Yo no soy nadie, señora, yo solo soy especialista en infidelidad y fidelidad. Y mi más preciado objetivo es honrar la verdad, señora. Me alegra haber tenido esta oportunidad de trabajar para usted y su marido.

El especialista dio dos pasos hasta la puerta, la abrió y despidió a la señora, que se fue con las lágrimas secas en su rostro, dándole un pequeño abrazo de agradecimiento al especialista por el trabajo realizado. El especialista volvió a su sillón luego de cerrar la puerta, se recostó sobre el respaldo y volvió a encender un cigarro con la tranquilidad de quien ha logrado realizar su trabajo.

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