lunes

Una de esas noches

Hasta el momento, había sido una noche como cualquier otra. Esas noches en las que siento que no me divierto, porque todo es igual. Todo: la cerveza puesta en el mismo lugar y servida en el mismo vaso; la luz, fuerte, iluminando al costado de la mesa; las paredes sucias; el gato tirado abajo del calefactor, prendido. Variaban algunas caras, pero todo era igual. El silencio era interrumpido, de a ratos, por algunas charlas que salían de los que no soportan un ambiente en silencio. Yo me callaba, pero cada tanto acotaba con un “ujm” o un “ajá”, y creo que no se notó mi ausencia. La cerveza estaba fría, y yo pretendía disfrutarla y no escuchar más que ese ruido que hace justo cuando está por pisar la lengua. El invierno tiene varias particularidades y una es que da escalofríos seguir el recorrido de la cerveza desde la boca a la panza, sobretodo en los primeros tragos de la tarde. A esta altura de la noche, ya casi no sentía ese recorrido.

Del silencio de la casa nos fuimos al ruido del bar. El comportamiento de la gente en los bares es tan monótono como el trabajo de un empleado público: dar vueltas, estancarse en algún rincón, emborracharse, creer que están vivos y hablar con alguien, ir al baño varias veces, hasta incluso bailar en algunos casos, encararse a la moza o al de la barra, o querer hacerlo. Noche tras noche, la rutina es la misma como si fuese llenar formularios y rodearse de los mismos papeles cada día.

Nos fuimos, y llegó la parte en la que caminaba solo, unas tres o cuatro cuadras. En algún momento de ese camino, un tipo apareció caminando de frente, hacia mi lado. Pareció que venía jugando a alguno de esos pasatiempos que yo tenía cuando era chico, como contar los pasos que tenía una cuadra, esquivar las baldosas con determinada marca, o permitirme sólo pisar en la baldosa y no en las uniones. Cuando tenía alrededor de seis o siete años, en el centro de la ciudad, a la misma hora en la que la gente se decide a llenar las veredas mirando vidrieras, testeando que cada local tenga la misma ropa en exhibición, me paré en una esquina y dije: “tenés que tardar cinco segundos en llegar a la otra”. Inicié el cronómetro del reloj y mi cabeza se metió debajo de los brazos de los padres, salté algún pozo, esquivé cochecitos y viejas, casi me tropiezo con una bolsa que se me cruzó y, en el intento de mantenerme estable, choqué con un viejo que todavía se aparece en los sueños gritándome, "Pendejo de mierda, ¿qué carajo estás haciendo? ¿no te das cuenta que acá la gente camina? mocoso, borrego desubicado", intentó agarrarme pero corrí de nuevo, y antes de dar el primer paso le pegué -con la fuerza que se puede pegar a los seis o siete años- en las bolas. Tardé bastante más de cinco segundos, pero llegué a la esquina riéndome como un desquiciado. Cuando llegué, miré para atrás, y vi al viejo haciendo como que le dolía, viniendo hacia mí, caminando igual que el tipo este que venía caminando esta noche de frente a mí, tambaleándose.

Cuando más o menos ya estaba cerca, se frenó y no voy a negar que me asustó: noche, un tipo que parecía borracho, en una cuadra en la que éramos nosotros dos y nadie más. Murmuró algo. No lo entendí y lo miré con fijación. Quiso decir algo de nuevo, y tampoco entendí. Pensé en seguir caminando, y dejarlo ahí parado. Pero no quise enfurecerlo y que con violencia me obligue a quedar ahí, parado. Entonces, preferí no intentar la huida. Sentí sus ojos con más rudeza. Y ahí no fueron necesarias las palabras. En ese instante de silencio intencional, me cayó bien.

- ¿Tenés hora? –le pregunté como para zafar y no quedar como un estúpido, pero no me respondió. Quizás no tenía reloj; ya no se usan. De todas formas, no me importaba saber la hora.

La situación empezaba a molestarme. Tenía frío y sueño, y estaba parado, a dos cuadras de mi cama, enfrente de algo más parecido a un mono que un hombre, sin saber qué decir ni hacer. Y ahí, el mono se me acerca; seguía con su lógica de esquivar baldosas y caminar en zigzag. Me miró con mucha atención y se me acercó más, y más, y más, hasta que se puso a unos centímetros. Con la cabeza me investigaba de cerca cerca todo el cuerpo. Se agachó hasta mis rodillas, y me las miraba, mientras yo me mantenía duro como un muerto en plena autopsia. Dudé en empujarlo o pegarle un rodillazo en la cara, y correr, y reír, pero me mantuve inmóvil. Subió su cabeza hasta mi brazo y lo recorrió entero hasta llegar a la oreja izquierda. Miró adentro de la oreja, y le sentí el olor a rancio que despedía. Puso sus ojos enfrentados a los míos, a unos cinco centímetros. No supe qué hacer y seguí sin hacer nada. Creí que me iba a dar un beso, me sentiría violado, y por fin tendría motivos reales para andar por la vida con miedo. Levantó una mano (no recuerdo cuál fue), y con un dedo recorrió mi nariz, que tenía más frío que el resto del cuerpo. Y lo frenó señalando mi boca. Entendí que quería que me mantuviese callado, y me callé más.

No sé bien cómo fue que salió de ahí, y apareció caminando, torcido, atrás mío, siguiendo su camino, ya dándome la espalda. Ni el frío ni el sueño que tenía, me dejaron seguir mi camino sin antes mirarlo, como si en su espalda estuviese la explicación de lo que acababa de pasar. El mono no se hizo ninguna pregunta, y siguió caminando con su lógica entre las baldosas. Se escuchó, lejano, un ladrido.

Llegué a la puerta de mi casa. Antes de meter la llave, miré al mono que ya no se veía, pero quise imaginar que sí. El tiempo que tardé en vaciar mi vejiga, pensé en que no sé si era buena idea civilizar a los monos. Quizás ellos se sentían más cómodos en sus árboles, y no caminando por la ciudad, vestidos de hombres, intentando hablar como los humanos. Me acosté y no me acuerdo en qué momento me dormí. Tampoco me acuerdo lo que soñé ni en qué gasté la plata que no tenía en los bolsillos del pantalón.

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