sábado

El día de la fuga

Entro a una casa. Es la primera vez que voy a cenar con los padres de mi novia. En el comedor espera el papá sentado, mirando televisión sin prestarle demasiada atención a su mujer que está parada, al lado de la mesada, terminando los últimos detalles de la cena. Miro al perro que está casi a mi lado y también me ve entrar. Corro la mirada hacia mi reflejo, que me observa con el mismo desgano que estoy soportando en el momento. Antes de decir mi primera palabra, cierro los ojos y el perro, sin que la luz llegue a iluminarlo, me ataca de un salto. Sus dientes son lo último que veo antes de desvanecerme y bastante antes de sentir cómo el pálido suelo se enrojece y mancha mi remera. Cuando logro, a medias, recomponerme, tanteo la camilla que me traslada dentro del hospital y, apenas, escucho los gritos de mi novia que no puede entender lo que sucedió. Siento sus palabras en el eco, que intenta despertarme sin obtenerlo, pero sin dejar de insistir. Y de repente, sorprendido pero sin que se note, abro los ojos. Mi reflejo, perplejo, me enfrenta parado sobre los mosaicos blancos. El perro ya dejó de mirarme y ahora presta atención a la comida que espera sobre el plato, el mío. “Sentate”, repite, muy dulcemente, ella, la única que permanece parada, mientras la madre, poco concentrada en hacerlo, me mira y el padre mantiene sumergidos todos sus sentidos en el televisor. Dando los pasos hacia la silla vacía que me espera, doy cuenta de que, de alguna manera, estaba buscando una forma de fugarme de esa casa, de esa cena, de esos padres.

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