sábado

Eme y Lito


“Lo sé. Sé que nunca más encontraré nada ni nadie que inspire pasión. Tú sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera… hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré.”


La náusea; J. P. Sartre.

De eso parecía que hablaba Eme: lo mismo de siempre, lo de ayer, lo del llanto a la madrugada, los gritos en la habitación, lo aburrido de unos besos, esos de rutina. Eso parecía, pensaba, o al menos eso se entendía, o no podía ser otra cosa que lo de siempre, lo de ayer, lo del llanto. Lito pensaba. Lito se miraba al espejo y pensaba. Lito se lavaba los dientes y pensaba. Eme es eso: lo del llanto a la madrugada, los gritos en la habitación. Lito levantaba la tabla y hacía pis, y pensaba: es eso: lo aburrido de unos besos, esos de rutina. Lito hacía todo eso antes de las diez, cenaba a las nueve. Eso, a Eme, por supuesto que le molestaba. No lo que hacía en sí, sino cómo: pensar y la cena a las nueve, lavarse los dientes y pensar, pensar y levantar la tabla y hacer pis, con la puerta abierta, y pensar, antes de las diez. Se acostaba, y Eme, molesta, todavía tirada en el sillón o en el balcón mirando la noche o tomando un poquito de vino, que le gustaba, o mirando por la ventana o cenando ya sin Lito o yéndose y hablando sola, inventándose a Lito caminando al lado, agarrados de la mano, la derecha, la que le gustaba dar a Lito, que tenía que cenar a las nueve y acostarse, después de lavarse los dientes y hacer pis, con la puerta abierta. Y Lito se acostaba. Y pensaba en lo que le decía Eme, que a veces se acostaba con él, que a veces hacía otras cosas.

En algún momento de la noche, Eme se acostaba. Prendía la lámpara de su mesa de luz. Era de metal, pintada azul clarito. Podría decirle celeste, pero ella le decía azul clarito, y se reía. O se había reído cuando dijo eso Lito, lo de azul clarito en vez de celeste. Y la prendía, y a veces miraba a Lito que dormía, y a veces leía el libro que tenía sobre la mesa de luz, mientras las puntas de sus dedos, casi sin moverse pero moviéndose, imperceptibles, se mezclaban en el pelo de Lito, sintiendo, rozando, andando entre las raíces de los pelos de Lito, que dormía mientras Eme leía y lo acariciaba. Hasta que en algún momento, tal vez cansada, tal vez por no tener otra cosa, Eme apagaba la luz y también dormía.

A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, sonaba el despertador de Lito. Lito justificaba en ese despertador a esa hora, el horario de cenar, lavarse los dientes, levantar la tabla y hacer pis, con la puerta abierta, y pensar, y acostarse. Lo justificaba el domingo por primera vez en la semana, porque el lunes iba a escuchar el despertador a las seis y cuarenta y cinco de la mañana. Y lo justificaba también lunes, martes, miércoles, jueves y viernes, porque el sábado era el último día de la semana que tenía que entrar a trabajar a las ocho y media de la mañana, después de despertarse a las seis y cuarenta y cinco, ir al baño, levantar la tabla, hacer pis, con la puerta abierta, ducharse y lavarse los dientes. Después se volvía a acostar (por lo menos lunes, miércoles y viernes), le daba un beso en la frente, y si Eme se movía un poco, ella y su boca, ella y sus labios, o la comisura de sus labios, si se movían como incipiente sonrisa, Lito le daba otro beso, y ahí seguramente lo siguieran otros besos, y alguna caricia, y ella diciéndole que estaba frío, recién salido de la ducha, húmedo, desnudo, metiéndose en la cama, entre más besos y otras caricias, y suspiros, algunas palabras, manos, más besos, gritos ahogados, sonrisas, aire.

- Buen día, mi amor. –decía Lito. O a veces Eme.
- Buen día, hermoso –decía Eme. O a veces Lito, que le decía ‘hermosa’.

Lito le daba un beso más, se levantaba, se vestía y le decía: me voy a trabajar, Eme. Y Eme se volvía a dormir. Y Lito se iba a la cocina, si llegaba se preparaba un café con leche o unos mates, picaba unas galletitas secas, que generalmente había, o unas tostadas, que Eme hacía cuando les sobraba pan, porque le gustaba el olor de las tostadas en la casa, que lo prefería al de los sahumerios que compraba Lito, que tenía feo gusto, pero a Eme igual no le molestaba, sabía que Lito se ocupaba de eso: de comprar los sahumerios o el pan. A las ocho menos cinco tenía las llaves en la mano, y salía a la calle. Muy pocos días en el año todavía era de noche cuando Lito salía a la calle a esa hora.

Lito caminaba hacia la parada del colectivo, a una cuadra y media. O a media cuadra y una, porque Lito salía de la casa a mitad de la cuadra, giraba a la izquierda y caminaba hasta la esquina. En esa esquina estaba el vecino de la casa de al lado, Mario, con su perro Roque. A veces estaba enfrente, en la placita. Mario sostenía una punta de la correa, Roque tenía en su cuello la otra punta. Lito saludaba a Mario y a Roque, que salían cada mañana a las siete y media, Roque encorreado, Mario con pantalón de jogging, el elástico casi a la altura del ombligo, con el termo en la misma mano que la correa y el mate en la otra. Y le sonreía a Lito cuando se saludaban, y después volvía con Roque a la casa, para calentar el agua y sentarse en el patio, a escuchar la radio. AM, claro. Lito a veces divagaba: decía que Mario lo había contagiado de rutina, y se reía, que era la única explicación posible, y se reía, porque Mario tenía por lo menos treinta y cinco años más que él, y era viudo, pero cada mañana, a la misma hora, y seguro, pensaba Lito, que cada noche, a la misma hora, porque a la misma hora haría todo. Y se reía. Pero no le gustaba. Y pensaba en eso mientras caminaba la cuadra que le faltaba hasta la parada del colectivo, que tenía que llegar a los dos o tres minutos después de que Lito se sentara en el banco de espera, bajo el techo de metal de la parada que sostenía las chapas con los números de todas las líneas que paraban ahí, como la que decía 273, que era la que se tomaba Lito para ir a trabajar.

Lito se tomaba el 273, línea D o H, a veces la G. Y pensaba. Todas las mañanas pensaba. La misma señora se subía en la misma parada, todos los días. Menos los sábados, se ve que no trabajaba los sábados, pensaba Lito.

Lito pensaba: algún día, Eme se irá de casa y me dejará una nota arriba de la mesa, con la cena servida, como esos días que llego a las nueve, justo para cenar, que ella cocina para recibirme así, con la cena lista. Pero va a llegar el día en el que a Lito lo reciba la cena, pero en vez de Eme, una nota, con algunas palabras: “No puedo ser libre con vos”, “Me fui”, “Te amo, pero no puedo estar más con vos”, “Sos un embole”. Lito pensaba en lo posibles que eran esas opciones de notas, pero no era posible sino certero, que ese día llegaría: abrir la puerta, entrar, llegar a la mesa y ver una nota de pocas palabras de despedida, al lado de su cena, quizás un poco fría.

A veces se distraía y pensaba en otra posibilidad: “Lito, te conseguimos reemplazo”, le diría el Jefe señalándole una especie de robot, de máquina que haría lo mismo que él: sentado frente a un escritorio, agarrar las carpetas que otro dejaba en una bandeja en el extremo izquierdo, copiar los datos del remitente y el asunto en una computadora, dejar la carpeta en una bandeja en el extremo derecho del mismo escritorio para que otro la agarre, agarrar otra carpeta del extremo izquierdo, y así. Por suerte, pensaba, todavía no son masivos los robot que leen y copian. O quizás no son baratos, pensaba, no tanto como mi sueldo. El trabajo lo sostenía lo necesariamente entretenido como para no pensar en mucho más que eso. Los jueves estaban más relajados con sus compañeros de oficina (dos hombres y una mujer, además del jefe que estaba siempre en otra oficina al lado), y los viernes casi que iban para cumplir horario. Jueves por medio, algún compañero antes de irse invitaba a la casa a cenar, tomar algo y salir un rato. A veces, directamente proponían un bar. Lito siempre decía que iba y siempre elegía ausentarse. Es que salía del trabajo con esa propuesta en su cabeza, caminaba hasta la parada del colectivo y la propuesta ya se erosionaba un poco, en la espera, se gastaba un poco más, y ya arriba del colectivo iba perdiendo peso hasta que se bajaba: ahí, ya casi se había evaporado por completo y Lito sólo quería entrar a su casa y lo de siempre.

Eme, en cambio, no se acomodaba como Lito a esa posición –no tan mullida, no muy colorida- de ser prescindible: quería y le pedía a Lito quizás no el extremo opuesto de ser imprescindible, pero sí, tal vez, un poco necesaria. Eme le cocinaba, le acomodaba la habitación, le agregaba detalles en distintas partes de la casa, le hacía las cosas que también eran para ella, pero se las hacía a Lito. Eme hacía para Lito la cena que también era para ella, acomodaba para Lito la habitación (la cama, la ropa, los olores) que era la misma que ella usaba, claro, decoraba la casa con detalles para que Lito los viera, que, principalmente, a ella le gustaban. Y no dedicaba tanta concentración a pensar en posibilidades que no llegaban, porque lo que a Eme le importaba era lo que llegaba, lo que ya estaba entre ellos, lo que tocaba, veía, sentía. Eme vivía sobre eso: lo de ya, lo de ahora, lo de hoy.

Como si durmiera sobre un tirante sin colchón, como si se acomodara en un sillón viejo, ya sin resortes, como si usara zapatillas heridas en la suela, los días de lluvia, sobre baldosas flojas, como si despertara, desayunara, almorzara, anduviera, viviera con los ruidos de una eterna construcción de un edificio interminable, que la seguía donde fuera, Eme sentía la incomodidad.

Es raro, le decía Eme a Lito a la noche cuando se volvían a ver, pero cuando llegás así, con tu sonrisa olvidada, con tus ojos apagados, con tus palabras mudas, el living, la cocina, la pieza se descoloran hasta ponerse en distintos tonos de grises. Lito ya ni se molestaba por esos comentarios, que día por medio, a veces más, a veces menos, Eme le decía en forma de reclamo al principio, el último tiempo ya como mera descripción, aunque sin disimular el triste asombro que eso le seguía causando. Es raro, le decía, es raro. Cuando pensaba en eso estando sola, cuando todavía no llegaba Lito o cuando recién se había ido, Eme se esperanzaba en el regreso de esos colores siempre ausentes, en la desaparición de eso que le parecía tan raro. Alguna lágrima patinaba sobre los lunares de Eme, que enseguida se sobresaltaba, ponía ska o chacareras o cumbia colombiana, y volvía a ver las cosas a color, como si prendiese la televisión del entorno que le gustaba mirar.

Eme quería volver a encontrar en Lito esa línea de fuga que alguna vez la había podido sacar de ese pozo denso, barroso, en el que patinaba entre los dramas de la familia, sus deseos gastados, sus sueños alejados. Eme se forzaba a sostener una sonrisa como único remedio. La histeria de su madre, la enfermedad de su padre, la muerte lenta de su tía, las adicciones de su hermano menor, convivían entre las mismas paredes y Eme huía, o había podido huir con Lito, en esa línea de fuga que habían delineado. Y Lito ahora pensaba en eso. Lito también había huido de su entorno, distinto al de Eme, pero igual de envolvente y absorbente, pero ya no se forzaba a llevarlo con alegría. Eso no era más que un goteo, de a ratos, ya estaba resignado a caminar sobre el calendario huyendo, entre toda la gente y las cosas. Eme lo veía y se lo decía y se indignaba. Las discusiones, en el fondo, eran el cruce de esas formas de enfrentarse al reloj a la mañana, a los colores del entorno de paredes y personas y olores y paseos de la mano. La vida, decía Lito, la vida, respondía Eme. A veces era al revés.

En eso se les pasaban los días. Eme quería volver a encontrar la fuga para dejar de llorar mientras Lito no estaba. Lito una vez por semana se imaginaba una nueva forma de apretar off, y dar por terminado el juego. Pero terminaba volviendo a su casa. A las nueve cenaba la cena que le había preparado Eme, y pensaba, Eme lo miraba, a veces le hablaba, a veces cantaba y se reía, y Lito se levanta e iba al baño, hacía pis y pensaba, con la puerta abierta, y a las diez se acostaba.

Fue esa tarde, era un jueves, cuando Lito salió de trabajar prometiendo que esa noche se juntaría con sus compañeros de trabajo, que ya sabían que Lito no iría, porque Lito ya estaba yendo a la parada y era ahí donde esa promesa se empezaba a erosionar y que cuando se subiera al colectivo poco a poco se seguiría evaporando hasta llegar a su casa, cuando ya no sería más que polvo en el aire. Pero no fue en su casa donde ese polvo en el aire aparecería sino arriba del colectivo. Lito ese jueves se subió al colectivo, y seguía pensando. Pensaba, Lito pensaba. El colectivo avanzaba por su recorrido cotidiano, el que hacía cada veinte minutos con distintos choferes en el mando. Tantas cuadras hacia el este, doblaba otras tantas cuadras hacia el sur, retomaba hacia el este otras más. Avanzaba el colectivo y Lito pensaba. Lito miraba subir a esa señora que se subía también cada mañana de lunes a viernes, menos los sábados. Lito miraba por la ventanilla, las hojas que se involucraban en remolinos en las veredas, ancianos que caminaban despacio, niños que corrían o gritaban o saltaban o hacían cosas de niños saliendo de la escuela en la vuelta a casa. Y Lito pensaba. Se acercaba la parada en la que tenía que bajarse a poco menos de una cuadra de su casa. Y Lito pensaba. El colectivo se acercaba, ya estaba a menos de una cuadra y Lito, raro, no se levantaba a tocar el timbre. Y pensaba. Lito pensaba. El colectivo avanzó, avanzó y nadie lo frenó. Y Lito siguió arriba de ese colectivo, que seguía viaje hasta no sabía dónde, pero sabía que era lejos. El chofer no se dio cuenta, tal vez porque no conocía a Lito. O no relacionaba a Lito con esa parada. Y Lito siguió. Y pensaba. Pero ahora, también, empezaba a tener una leve sonrisa.

No supo que en su casa lo esperaba una nota sobre la mesa, firmada por Eme, que lo despedía hasta siempre, aunque en vez de sobre un plato de comida, al lado de un mate con yerba seca, sin usar, y un termo con agua caliente, que se enfriaría lentamente sin que nadie se dé cuenta.

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