sábado

Como en quinto grado


Te reconocí por el aro que colgaba en tu oreja derecha, el pelo rubio que la cubría a medias por detrás, a medias por el costado, y el perfil de tu cara pálida, culpa de una primavera dudosa. No llegaba siquiera a verte el ojo derecho, porque una señora de abundantes rulos te tapaba, sentada adelante tuyo. Vos ibas casi recostada en una de las butacas individuales del fondo en el 202. Íbamos, los dos, en dirección al centro. A mis nueve, diez años, me daba vergüenza hablarle, o peor: acercarme a la chica que me gustaba. Era del 5° D y yo del E, recién se había pasado al turno de la mañana, y yo me había enamorado el primer día de clases. Me costaba hablarle, me costaba acercarme, y tuvieron que mediar unas amigas en común para que me atreviera a preguntarle si quería ser mi novia. Y ella me dijo que sí. Nos dimos un beso en el cachete y sin poder sacarme la sonrisa de la cara, di media vuelta y me fui. Esas, fueron las únicas palabras que le dije. A esta edad, ya no me enamoro tan fácil, así, a primera vista, pero esa sensación de no poder hablar la volví a tener con vos, en ese momento, cuando me subí al colectivo, pagué con la tarjeta, hice el paneo buscando la mejor ubicación y te vi. Ahí, cuando te vi, sentada casi recostada, con ese aro de pequeñas pelotitas de madera, formando el símbolo de la paz. Mi respuesta no fue acercarme, sino esconderme, y me senté en la misma fila que vos, pero tres o cuatro butacas antes. Creo que no me viste. Me sentí con el guardapolvo blanco, los cachetes sonrojados, la sonrisa de oreja a oreja. Me pregunté si te bajarías en la misma parada que yo, y sólo pude atinar a esperar. No podía acercarme para preguntarte, no sabía cómo hacerlo.

No tenía un motivo más que la intención de robarte una risa, tal vez unas palabras, y más allá una caricia, un beso, un poco de amor, porque, pensaba bien adentro mío, de eso se trata al final, de encontrar amor por ahí y hacerlo durar, mientras se pueda. Pero no te dije eso, ni otra cosa. No te dije nada. Siempre me pasa con las chicas como vos, así, lindas y siempre sonrientes, que llevan contentas sus vidas, porque siento que desconfían de los hombres porque no entendemos rápido hasta dónde podemos avanzar. Claro, no hay hombre que no quiera acercarse a mujeres así. El trabajo de estar marcando hasta dónde se puede, hasta dónde no, quién sí, quién no, si bien no es un trabajo arduo, esclavizante, es agotador. Y supongo que, a cierta edad, sabrán hacer la radiografía de cada cual incluso antes de escucharles la primera palabra. Por cómo miramos, por cómo nos movemos cuando estamos cerca, por las cosas que decimos o hacemos en público. No sé, supongo. Y sé que vos lidiás con eso a diario. En realidad, no sé si lo sé, o lo doy por sentado, porque a mí me dan ganas de decirte algo que nunca me animo cuando te cruzo en alguno de esos espacios que compartimos de casualidad. O tal vez, simplemente sea la justificación a ese miedo que me genera no poder hablarte, no poder acercarme, naturalmente, como si nada pasara, para decirte, hola, cómo estás, y seguir de largo. O hacerte alguna mención sobre el clima, preocupación tan banal que ni siquiera me seguirías el juego. O… no sé. Nunca se me ocurre qué decirte.

Y ahí estaba, mirando por la ventanilla, atento a cada timbre que tocaban desde la puerta de atrás, para mirar de reojo, como si no fuera obvio, creyendo que no me habías visto, porque si esos movimientos eran seguidos por vos lo mínimo era causarte gracia, porqué no lástima o el mayor desdén. Vos no te bajabas. Quedaban pocas paradas, cuatro con precisión, para que yo me bajara en la más lejana del recorrido, ya que después pegaba la vuelta y hacía lo mismo pero a la inversa.

A la siguiente parada, nadie tocó el timbre. El colectivo frenó por los cuatro que esperaban en la vereda y subieron. El pasillo ya comenzaba a obstaculizarse de personas, no era tan fácil mirar de- reojo, pero todavía con algún rebusque se podía. Intenté asegurarme que siguieras ahí, así que giré mi cabeza despacio, como para chusmear a los nuevos, tal vez alguna señora mayor que quisiera sentarse. Y lo vi, ahí, colgando en tu oreja derecha que llegaba a ver entre tu pelo. Por la inclinación del aro, te imaginaba mirando por la ventanilla algún punto fijo en tu imaginación, colgada en tu propio mundo, ese efecto que producen los colectivos cuando son rutina, cuando es largo el recorrido. El colectivo arrancó cuando se subió el último, y vos te levantaste. Te bajabas en la siguiente, faltándome una a mí. Casi, casi iguales. No eran más que dos cuadras de distancia.

Tenía que decidirme. Si me bajaba ahí, era para decirte algo que no fuese si querías ser mi novia y correr, aunque pudiera ser divertido, tampoco algo sobre el clima, que era soleado, templado, después de largos días fríos y ventosos. Decidí que algo se me ocurriría si definía levantarme. Y me levanté. Motivado por la historia, o mejor, por cambiarla: tenía que enfrentar los miedos que me sometían, que me obligaban a frenarme frente a lo que quería buscar y encontrar. Y pensando en eso, esquivé a la gente que había entre medio. Uno, dos, tres, cuatro y en un movimiento brusco del colectivo, manoteé el caño del timbre pero con dos dedos míos, el meñique y el anular, sobre tu mano, pequeña, blanca, suave, y en ese instante apretaste el timbre.

- Perdón –te dije.

- ¿Cómo estás? –respondiste y un poco me desorientaste.

- Bien, ¿vos? –solté mientras me terminaba de acomodar, con los ojos sorprendidos, clavados en tu boca que ya sonreía.

- Bien, todo bien. ¿Bajás acá? –dijiste con la mayor naturalidad del mundo.

- Sí –contesté.

El colectivo frenó. Esperé que me digas si ibas para aquel o este lado. Y en esa espera que no duró más que uno o dos segundos, me repetí eso de cambiar la historia, de romper miedos y qué se yo.

- ¿Vas para aquel lado? –dije, capcioso, señalando el lugar al que yo no tenía que ir, esperanzado que me digas el contrario para poder cambiar unos metros juntos.

- No, para allá.

- ¿Te puedo acompañar? Voy para ese lado, a la casa de un compañero.

Me sonreiste, dándote cuenta que te había engañado. Sentí esa sonrisa como una grata respuesta a mi pequeña trampa. Te sonreí. Caminamos media cuadra, no llegué a decir más que dos o tres huevadas que pensaba como prólogo. Iba a tu izquierda, donde tenías colgando un aro igual al de tu oreja derecha, grande, diciendo paz. Hablaste, respondiste, te callaste, miraste para todos lados, me miraste, hasta que a mitad de cuadra me dijiste:

- Bueno, acá me quedo yo – sin apuro, pero marcando el tiempo, me diste un beso cordial y sonriente me dijiste: Chau.

Me quedé mirándote de atrás, vos no volviste a girar. Parado en el medio de la vereda. Sintiendo ese beso, escuchando el eco de esas cuatro letras, con la foto de tu sonrisa. Una torpeza en el colectivo, una caricia con dos dedos, una bajada de colectivo, media cuadra juntos, un diálogo vacío, una frase con firmeza y chau, con beso en la mejilla. Parecía poco, pero era todo lo que hubo entre nosotros. Me maldije por no haber dicho algo que te interpele de otra forma, algo sobre tus aros, con los que te había reconocido, sentada en el 202, sin que me vieras. Pero de nada servía eso, ya era tarde y seguí camino para lo que tenía que hacer, esperanzado con alguna futura oportunidad.

Al igual que mi novia de quinto grado que algunos días después me hizo llorar de amor por primera vez al decirme que no quería ser más la novia de alguien que ni siquiera le hablaba, cuando le conté nuestra secuencia en el colectivo a un amigo en común, en vez de mediar como mis amigas de quinto para que pueda hacerte alguna propuesta, me derrumbó la ilusión con muy pocas palabras:

- Ah, sí, ahí vive el novio.

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