sábado

Un océano

Desde acá a tu casa, hay un par de kilómetros. Es la distancia que años atrás podría haber dicho que me chupaba un huevo que existiera. Hoy, me importa. Me gustaría que fuese más o me gustaría que tu posición fuese fija, como un ataúd enterrado en alguna fosa del cementerio municipal. Porque el problema no es la distancia que hay ahora, desde acá, al lugar en el que estás, sino que esa distancia pueda achicarse, pueda ser casi nula o pueda ser demasiada. En otras palabras, depende de lo que te muevas vos, de lo que me mueva yo. Eso es la distancia. Eso es estar lejos o cerca de alguien. Y no me importa ese trayecto, me importa el otro extremo. Vos. Pero no por lo que vos significás, sino porque hay un extremo que se mueve, que vive el tiempo modificando la variable de la distancia, que necesariamente implica que existís. Entonces, el problema es tu existencia, que la distancia termina por darle un lugar, una forma, un camino. Me gustaría que hubiese un río, bien ancho de por medio, o un lago, o un mar, o más: un océano. O mucho pavimento de ruta, o países enteros, o muchas vueltas de agujas de reloj, o muchas noches, o mucho sexo, o muchas historias. O mucho de algo, que sirva, que tape… no, que tape no. La idea es no tapar nada, sino borrar, extinguir, que no haya marcas. Y no es necesario que quede marca alguna de todo esto. Porque no merecés ni eso: ni una marca. Es buscar la posibilidad de mirar para atrás y ver nada más que una estela bien formada, es ver un pasado merecido y no el molesto deseo de rematarlo baratito, casi de regalo, para alguien que quiera tener uno nuevo, distinto, tal vez, al de un calabozo o una vida moldeada en barro. Es eso, es el pasado, del que me arrepiento y no pienso hacerme cargo. Es eso, nada más que eso. Nada más que vos, que estas líneas te sobran, como la cantidad de cuadras que hay de acá a tu casa, desde esta cama a tu sillón, ese que te acomoda el culo que tanto cuidás.

Pero aprender a pasar el tiempo, no es eso. Entonces, con los kilómetros que hay de acá a tu casa me alcanza para que no seas más que una moneda olvidada en un cacharro viejo en la alacena o una pelusa abajo de la cama, o cualquiera de esas cosas que no merecen el tiempo que implicaría atenderlas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario