Desde acá,
vamos (esto que soy como uno y esto que soy como muchos: Lo mío y lo no tan mío).
Si bien a veces no es grato, hay momentos en los que ir, ir, ir, sin saber muy
bien adónde, se termina por realizar. Como acá. O por lo menos, adquiere materialidad esa
posibilidad, como ahora, desde el mismo hecho de nombrarla hasta su realización:
“ir sin saber adónde”. Tampoco se hace
referencia a ir a un punto en particular como posibilidad opuesta, aunque sí,
al menos, la idea de acercarnos, aproximarnos.
Cuando uno juega al golf, aprende a trabajar en el
razonamiento de avanzar sin precisión quirúrgica. Al menos en los primeros
golpes. Suponiendo que se trata de un hoyo que estipula como promedio cinco
golpes: el primero, el largo, que vuela metros y metros; el segundo, mete la
pelotita en el pasto más corto, en la olla, o por ahí; el tercero, acerca al
hoyo en primera instancia; el cuarto, en segunda; y el quinto, pic, la emboca. Es un decir, podría
decirse, y usamos el golf como podría ser otro. Pero el golf tiene esa
particularidad de ser uno solo el que acerca una pelotita a su hoyo, no un
equipo que lleva la pelota hasta el arco o el aro. Además, el hoyo es más
perecido por forma y por tamaño, a un punto, de lo que pueden parecerse un arco
o un aro. En fin… En una primera instancia se trata de acercar la pelotita al
hoyo, como acercamos una idea desde lo general al núcleo que la sintetiza, o como
cuando nos encolumnamos detrás de aquello que queremos ser, lograr, tener hasta
alcanzarlo, despacio, acercándonos de a poco. Es decir, hay un plan, un trazado
sobre el tiempo, que no está en el extremo de lo preciso, sino más o menos,
como pensado en la noche anterior a ir a jugar al golf, entre aperitivos.
Entonces, en este caso, supongamos que no hay hoyo y no hay
camino delineado, sólo la obligación de pegarle a la pelotita sin descanso,
siempre hacia allá. Hasta que se haga de noche y la perdamos de vista. Como que
siempre nos estamos acercando, pero no sabemos muy bien adónde, andando un poco perdidos.
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