martes

Almanaques viejos


Desparramado en los adoquines me encontró un señor, de voz ronca y gastada. “Pibe, pibe”, me decía, “¿estás bien?”. Reaccioné, pero tardé en responder. El hombre, que era el vecino que a veces jugaba con mi perro, sonrió al verme con los ojos abiertos, mirando, como buscando respuestas a lo que había pasado. “Estaba por salir en el auto y te vi”, me decía, “y menos mal que te vi, porque te pasaba por arriba”. El viejo se reía y yo por dentro también, pero no me salía, no podía expresarla. “¿Qué te pasó?”, me preguntaba, pero no sabía qué responderle. Necesitaba aire y unos minutos más para poder reconstruir algo. “Tenés lastimada la cara”, me decía el viejo mientras me miraba el pómulo izquierdo, “quédate quieto, así puedo limpiarte”, y me pasaba un pañuelito descartable. “¿Te duele?”, averiguaba. No podía armar las palabras y, aunque me dolía, dije que no con la cabeza. Con su ayuda, logré erguirme y, con una mano en la cara, palpando la herida, caminé hasta la puerta de mi casa, que estaba a unos metros. Le agradecí con la mano y una mueca de sonrisa. Amable, me preguntó: “¿Querés que te ayude a subir?”, en referencia a la escalera que sabía que tengo en casa. De nuevo, sin palabras pero agradecido, me negué. El viejo me saludó y se fue en el auto, mientras yo encontraba las llaves para abrir la puerta.

Entré, cerré, me senté en el piso, con la espalda sobre la puerta. La cabeza me estallaba, empecé a sentir el olor a humo, a alcohol, a encierro que tenía la campera y el jean. Las zapatillas todas pisoteadas. Sentí el estallido de la cabeza. No quise recordar lo que pasó en la noche. No me interesó saber cómo me caí, cómo me corté la cara, cómo amanecí acostado en adoquines, a unos metros del cordón. No quise acordarme nada de todo lo anterior. Ni lo de esa noche, ni lo de otras noches. 

Limpiando el corte en la cara, curándolo, tiré a la basura los almanaques viejos.

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