miércoles

Supongamos

Supongamos que me gusta una chica. Generalmente -haciendo un veloz racconto-, me han gustado morochas de ojos marrones, simpáticas, con las que pueda charlar de algún interés común. Con más o menos actitud, más o menos divertidas, más o menos quejosas, más o menos sensibles, más o menos locas. Pero supongamos que la chica que me gusta ahora es rubia de ojos claros, casi tan alta como yo y casi sin temas de interés en común. Pero me gusta. Algo en mis gustos decidió que había que cambiar, y cambié.
Supongamos que se me dificulta la posibilidad de cruzarla en alguna parte, de poder medir mis posibilidades en el mundo real con algún cruce de miradas, algún gesto, alguna palabra en vivo y en directo. Porque, claro, facebook tiene sus límites y además, ella no anda demasiado por acá. Es más, casi que no se conecta a internet. Entonces, no hay me gusta de ida-y-vuelta que alcance, no hay texto que pueda interesarle (casi no le gusta la literatura, supongamos), ni canciones (le gusta otro estilo de música), ni nuestras noticias (no le interesa estar informada).
Supongamos, entonces, que estoy cerca de resignarme, de perder todo tipo de estímulos como para llegar a una cita (¿cuál podría ser si -supongamos- no le gusta el vino, ni la cerveza, ni ver películas, ni etcétera?) y entonces un amigo, con cierto tino, me dice que no, que cómo te vas a resignar ahora, que si te gusta tenés que ir al frente, buscarla e invitarla a hacer algo que ella quiera.
- Pero ¿qué?
- No sé, algo, pero no podés sentarte a esperar que algo pase para cruzártela y sin más ni más te esté dando pelota.
Supongamos que eso reactiva mis ánimos y con gente en común llego a saber que el viernes próximo va a ir a tal boliche que nunca fui.
- Pero justo un viernes, que siempre estoy cansado...
- Yo te acompaño -dice mi amigo.
- ¿Y a ese boliche vamos a ir?
- Y... si va a ir a ese, vamos a ese: a la suerte se la acompaña -ratifica mi amigo.
Entonces, supongamos que el viernes vamos a ese boliche y al ratito de entrar, a lo lejos, entre mucha gente, la veo. Pero, supongamos, que cuando estamos acercándonos con el más torpe de los disimulos, ella está hablando con otro chico. Me doy vuelta y le digo a mi amigo que ya está, que vayámosnos para no hacer papelones, que encima este muchacho -que conozco- es carismático, inteligente, sabe jugar en este terreno y, además, como si fuera poco, siempre le gustaron las chicas rubias y sabe manejarse en esa diversidad de intereses.
Mi amigo me mira con rigidez. Casi que no transmite sensación alguna. Piensa. Se le ve en los ojos el rastrillaje que hace por su memoria y supongamos que pregunta:
- ¿Te acordás cuando, allá por 2008, todos te dábamos por perdido y con una jugada magistral diste vuelta un partido casi imposible con aquella ex que por suerte ya olvidamos todos? ¿O cuando le ganaste al pibe perfecto que era mago y tocaba la guitarra y era carilindo y qué sé yo? Acordate lo que siempre decimos: no importa ser el Badajoz, importa salir a jugar sintiéndote el Barcelona. O eso de que el problema no es ser objetivamente pequeños, el problema es pensarnos pequeños, menos, inferiores. Ahora si querés, nos vamos. Tal vez no sea esta chica rubia, tal vez no sea acá ni ahora. Pero acá, lo que importa, son las mañas para nunca perder la iniciativa. Siempre salimos a la cancha sabiendo que hay tres posibilidades: perder, empatar o ganar. El Barcelona también puede perder, obvio, pero no pierde de vista nunca el objetivo de ganar, jugando por abajo, buscando alianzas de las nuevas y de las repetidas...
Supongamos que cuando me di vuelta para buscar a la chica que me gusta, ya se habían ido con este otro chico. O supongamos que no, que no se trata de una chica rubia sino de querer cambiar las cosas, de crear algo nuevo y distinto, que surja, sí, jugando por abajo con todas las alianzas posibles y -también y sobretodo- las que creamos imposibles, sabiendo que todos los días puede haber -y habrá- otros chicos con capacidad de desmoralizarnos para que perdamos la iniciativa y las ganas de ganar. Y de volver. Porque -como dice una canción- cuando todo parece jodido, es cuando hay que poner. Y más aún, cuando sabemos que nunca estamos solos, sino que estamos rodeados de amigos y compañeros con memoria y decisión para que vayamos siempre al frente.

Foto: SADO Coletivo fotográfico

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