Hace poco me apuraron: me instaron a armar un Manifiesto en defensa del Honorable. Pensé en ponerme a escribir esas verdades, una a una, punto a punto. Pensé en citar sólo parte de su propio testimonio, alguna que otra idea fuerza, meterlo en el podio de los tres o cuatro más importantes, enredarlo a la historia que lo atravesó. Pero no. Me callé y me levanté de la silla. Eran las seis de la mañana de una noche que algunos pretendían terminar.
Los -dos, tres, cuatro- pares de ojos que me miraban, se arrastraban como serpientes por el aire. Silenciosos, expectantes, misteriosos. Los míos -desorbitados, desencajados, perdidos- se posaron en algo invisible mientras con la mano izquierda manoteé la llave puesta en la puerta. Media, vuelta entera y puerta cerrada. El Honorable miraba desde un cuadro en la única pared iluminada a velas. Puse a sus pies la llave y volví a la silla.
Cuando me senté, los parlantes empezaron a hacer su trabajo. Los pares de ojos no se animaban a decir nada. Miraban con atención y a coro lo mismo que miraban los demás. El ambiente se impregnaba de los rezos puestos en orden: desde las primeras voces grabadas -adolescentes, punzantes, sensibles- del Honorable hasta lo último de lo último -de voz carraspeada, lenta, densa-, que hurgaron en los cartílagos de las orejas en trance. De todas las orejas: los dos, tres, cuatro pares.
El Honorable miraba el canto que salía de todas las bocas presentes. Cantaban todas las letras impregnadas en los hilos de la memoria. Cantaban con la desesperación en los rezos desesperados, con amor en los tiernos, con violencia en los gritos, con dolor en los versos tristes. Cantaban con aplausos, con desinterés, con euforia. Cantaban con descaro, con sorna, con su propia subjetividad por sobre todas las cosas. Cantaban llegando a lugares donde su voz nunca hubiera llegado, cantaban a tono incluso en las desafinaciones, cantaban hasta con los silencios.
Minuto a minuto, concentrados sin estupefacientes, el cuerpo estupefacto de moverse de memoria, como sucede con los ritmos que ya conoce. 15 horas ante los ojos del honorable.
De repente, stop. El silencio.
- No hay Manifiesto -dije-, el Honorable ha hablado.
Los pares de ojos se sacudieron, como volviendo a la realidad. El Honorable disimuló su presencia escondiéndose en el cuadro. La puerta se abrió sin ayuda. Eran las nueve de la noche y nadie había dormido ni medio segundo. Uno a uno, fueron saliendo del lugar. Un par de ojos, tarareaba la pregunta de quién dijo que todo está perdido. Otro silbó las tardes del sol, las tardes del agua. El tercer par de ojos pensó que le gusta estar al lado del camino y el último, se fue susurrando una que creía no conocer de la última hora. Se perdieron en la oscuridad del barrio.
Mientras, el ambiente se mantuvo en silencio. Cerré la puerta y me acosté a dormir. El Honorable se veía parecido al que aparece en esta foto de Helen Zout en 1986, en La Plata.

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