lunes

Las corridas del Chano

Vaya uno a saber por dónde anda el Chano ahora. Pero sí es cierto que vivió en Tandil y que se hizo famoso por andar corriendo con un balde y un palo en la mano, siempre de pantalón corto incluso en pleno invierno. Y los que lo vivieron, saben que el frío en Tandil no da tregua en julio. Nunca se supo bien el motivo de esa rutina del loco, pero eso en los pueblos no hace falta: se inventa y ya. La leyenda del Chano todavía anda por las sierras.

- ¡'Perá, 'perá!

Así dicen que empezó todo. Él corriendo, ella entrando o en la puerta de su casa.

- Te vengo corriendo desde hace un rato...

Algunos dicen que lo habían visto al Chano correr desde hacía unas dos o tres cuadras. Otros, decían que no, que estaba corriendo desde El Dique, más o menos, lo que harían unos diez kilómetros aproximadamente. Y en Tandil que, claro, no es lo mismo que en La Plata: allá las lomas te obligan a duplicar los esfuerzos.

- ...te vengo corriendo desde hace meses -dijo el Chano-, o un par de años...
Hizo una pausa, con los ojos desorbitados y tratando de meter aire en sus pulmones. Nadie entendía nada.
- Tal vez te esté corriendo desde que nací -dudó.

De los que estaban alrededor, algunos sonrieron y otros suspiraron. Dos policías que lo habían seguido las últimas cuadras, pensando que escapaba de algo o que estaba loco (y eso que esto era antes de que le digan loco), quisieron intervenir:

- Señorita, si quiere nos lo llevamos.
- No, no, está bien -improvisó ella.

No estaba segura de conocerlo, no entendía bien qué pasaba. Ella sólo quería entrar a la casa, tomar unos mates, sentarse a leer una novela de Giardinelli que estaba por terminar. Tenía miedo, pero no sabía bien porqué. El hombre parecía inofensivo, además estaba rodeado de gente, esa que siempre se junta ante las rarezas en los pueblos.

- Vayan, no pasa nada -le dijo a los policías.

Si de algo estaba segura era que la policía nunca aportaba nada. Ese gesto, al Chano, le sacó una sonrisa. Los policías se subieron al patrullero. Ella miró a la gente alrededor. Algunos atinaron a irse, respetuosos. Otros, no. Se quedaron para tener algo que decir en el almacén o en la peluquería.

- Sé que vos no vas a entender nada -introdujo él-, pero estarás de acuerdo conmigo que todos estamos buscando lo mismo acá.

La gente alrededor, cada vez era menos, pero él los aprovechó:

- ¿O no? -les preguntó mirándolos- ¿O no que todos queremos abrazarnos con alguien a la noche, mirarle las manos, los ojos, acariciarlo? ¿O acaso no estamos todos como Pappo buscando un amor?

Ese fue el primer argumento musical que usó. Ella seguía sin entender. De los nervios no se terminaba de dar cuenta si se conocían de algún lado y, si en efecto se conocían, de dónde. Siguió enmudecida. Él la volvió a mirar.

- Hay quien habla de la media naranja, otros de "la única", de "Ella" -dijo haciendo un gesto de exaltación-, como sea, todos andamos más o menos en lo mismo.

Ella quiso decir algo, pero trastabilló con la lengua. Algunos dicen que le quería decir que estaba conociendo a alguien, pero nunca se supo ni se sabrá porque él no la dejó.

- Buscamos amor como sea, por eso vengo corriendo -dijo él-. Te vengo corriendo a vos, aunque vos todavía no lo sepas, a pesar de que sí sabés que venís corriendo desde hace no sé cuánto. Que te quedes ahí, sonriendo así, un poco me da la razón.

Ella se vio sonriendo y entendía menos. Lo miraba, lo escuchaba.

- Muchacha ojos de papel -tarareó desafinado-, no corras más.

La gente se rió despacio.

- A la gente siempre le hace reír que otro como yo cante -dijo, y se rió él-. Te podría cantar esa de Charly de las promesas, "si es que paras de correr", pero no, mejor no canto más. Estas cosas no las hice nunca; mirá que he sido medio payaso ridículo: he salido corriendo después de declararle el amor a alguien, he regalado cosas de sorpresa, he pintado con aerosol en la calle de alguna mujer, o algún pasacalle, hasta hablé de Nietzsche para invitarla a tomar algo. Una vez me copié de Saccheri y le conté a una chica que recién conocía el partido entero del Maracanazo para robarle unas sonrisas y pedirle el teléfono. Pero... después del amor nunca nadie es igual, dice Fito.

Ella no le sacaba ni un poco su atención. El Chano tomó aire y siguió:

- Y te pido por favor que no me digas que en este momento no podés: ¡Este año me lo dijeron tres veces! Ahora no pienses que me enamoro de todas -se rió-, no, es que cuando siento que puede ser, apuesto, ¿viste? Hay una de Bob Marley que dice algo así como que el amor es un juego de adivinanzas, ¿no te parece? Es un poco una adivinanza, que puede ser o puede que no.

Ella sonreía sin saberlo. No le respondió nada. No le invitó con unos mates, pero tampoco se movió de la puerta. El Chano, ante tanto silencio de ella, pensó en dejarle anotado su teléfono y su nombre. Algún día, quien sabe, pensó. Parecía no aceptar dubitaciones. Reclamaba, ansioso, una respuesta urgente. Ella, un tiempo atrás, había dicho que después de tantas acrobacias maltrechas, no era tan fácil volver a saltar, y se veía que en algo de eso andaba su cabeza en ese momento. Mantuvo el silencio y el loco jugó su última carta:

- Hace poco leí en algún lado que el amor es un baile, así que tal vez volvamos a cruzarnos, bailando, y a los dos nos falte una compañía de baile, hay algunos pasos que me salen bastante bien -sugirió.

La miró, le sonrió, hizo un gesto de reverencia con un sombrero que no tenía y se fue corriendo. O eso cuenta la leyenda, que cambió de autores y de músicos a medida que pasaron los años. Tiempo después, el Chano se ganó el apodo de Loco, andando por las calles, siempre -inexplicablemente- con ese palo y ese balde en la mano, corriendo por la ciudad, casi sin interactuar con la humanidad. Cada tanto, pasaba por las casas de las viejas que iban a la Iglesia para pedirles, ya no amor, si no ropa. Le daban buzos, remeras, sacos, zapatos, jeans. El Chano, a los jeans, los cortaba. Decía que eran más cómodos para correr.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario