lunes

Mandá CUPIDO al 2020

Era enero en La Plata y recién me había separado de Celina. Ni yo me bancaba la tristeza que tenía. Toti me había obligado a salir porque era sábado, había que emborracharse, mirar mujeres, divertirse un rato, me decía. “Y porque parecés un muerto, hermano”, agregó. Era el cumpleaños de una de sus amigas de la Facultad. Accedí y, esa noche, en la casa de la cumpleañera, en vez de presentarme a alguna compañera, me presentó al Gordo. No me dijo qué hacía, ni de dónde lo conocía, ni siquiera cómo se llamaba. 

- ¿Cuántas personas conocés que hayan trabajado en una de esas movidas de Mandá CUPIDO al 2020? –preguntó mientras nos acercaba a los dos con los brazos. 

No dije nada pero puse cara de “creo que ninguno”. Toti ya había tomado demasiado fernet y se manejaba con cierta impunidad. El Gordo levantó el vaso como saludando, y lo copié. 

- ¿Qué hacés, che? Ismael yo –dije en forma de presentación.

- Decime Gordo con confianza –respondió golpeando su panza con la palma de su mano libre-, con esta cada vez nos llevamos mejor. 

Tenía una barba tan tupida como oscura, que no le hubiera permitido pasar ningún aeropuerto, el pelo negro y corto dejaba ver una cicatriz en su frente, un tatuaje de dibujos chinos en el antebrazo derecho y esa panza que argumentaba su apodo. Toti le pidió que me contara de ese trabajo que había tenido, que era genial, un poco una estafa pero genial, y se fue a preparar otro fernet. No tenía ganas de escuchar anécdotas de un desconocido, pero tampoco tenía ganas de hablar, así que sonreí y esperé que empezara a contar.

- No sé si es mi mejor carta de presentación, pero me da cierta exclusividad –dijo el Gordo riéndose, mientras me completaba el vaso con la Quilmes que venía paseando por la casa. 

Tomé un buen trago. No estaba fría como esperaba. Miré desde lejos a Toti que intentaba bailar con la cumpleañera una de Rodrigo adentro de la casa. Pobre, parecía convencido de que bailaba bien. El Gordo estaba apoyado en la medianera, yo en un árbol. Más allá, había unas chicas que gritaban y se reían, un señor bastante más grande que supuse que sería el padre o un tío de la cumpleañera –era el único con un vaso de vidrio-, otros dos fumaban un porro. En la pared del fondo, debajo de la parrilla, dormía un perro sin raza. Eran más o menos las cuatro de la mañana.

- Fui ayudante de albañil y aprendiz en una carpintería, repositor en una ferretería y en un supermercado, repartidor en una casa de pastas, vendedor de seguros, atendí un kiosco y un locutorio, un verano me disfracé de SpiderMan en el trencito de la plaza del centro del pueblo y una vez, para una despedida de soltera, hasta me pagaron por hacer un streptease –enumeró el Gordo y tomó un trago, dejando un bache que fue invadido por esa imagen, como sacada de una Nueve semanas y media del Conurbano, y concluyó:- Pero como el trabajo en el 2020 no tuve nunca.

Y ahí me relató que al poco tiempo en La Plata, en el Varieté de 49, un tipo que había conocido esa misma noche le habló de un trabajo en un call-center, que podía empezar ya mismo, que le pasó el correo y al otro día le escribió. 

- No te voy a negar que era un poco raro –dijo el Gordo-, pero si lo necesito yo no le digo que no a ningún laburo, viste, ni siquiera cuando me contó de qué se trataba realmente, que de call-center no tenía nada. 

Yo me había terminado el vaso y en la botella no había más. Al Gordo se veía que le gustaba hablar, pero le dije que tenía que ir al baño y aprovechaba para agarrar una cerveza. Cuando entré, con cierto disimulo, saqué a Toti de lo que funcionaba como pista de baile y le pregunté: 

- Che, ¿el Gordo es puto?

Toti empezó a largar carcajadas fuertes y volcaba fernet en el piso. 

- ¡Qué va a ser puto aquel! –gritó, destruyendo mi intento por disimular esa duda-. Son los únicos dos que no conocen a nadie acá.

- Nos dejás solo, no me conoce y se queda sin problemas para contarme su vida… qué sé yo –le dije-, quería sacarme la duda. 

Cuando salí del baño, vi a Toti intentando besar a la hermana de la cumpleañera, que lo esquivaba pero no lo soltaba. Se escuchaba una de Gilda. Agarré otra Quilmes y salí al patio. El Gordo esperaba abajo del árbol. Llené los dos vasos y sin mediar palabra, volvió con la historia. 

- La cosa era más o menos así: yo iba a trabajar desde mi casa, solo tenía que tener internet y elegir las horas en las que me conectaría para laburar. Hasta ahí, casi el trabajo ideal. Como era una empresa que funcionaba en España pero con trabajadores en Argentina, nos pagaban en euros. Digo “nos” pero nunca conocí a ningún compañero porque el contacto era solo con este tipo del mail a través de la cuenta de ICQ que me tenía que hacer. Más bien raro, sí.

El señor que andaba solo por el patio se acercó a pedirnos fuego. El Gordo le dio. Nos ofreció cigarrillos, pero no agarramos. El señor dio media vuelta y caminó hasta la puerta tirando humo hacia el cielo negro. Tenía una mancha de vino o de fernet en la espalda. El Gordo siguió:

- Yo tenía que entrar en una página de la empresa, con usuario y contraseña. Y ahí se abría una pantalla con una charla como si fuese un chat, y en un costadito un mini perfil de una persona. Mi trabajo estaba en lograr que las otras personas respondan más y más mensajitos. Cuantos más mensajes lograra que me respondan, más euros iba a cobrar. 

- ¿Y de qué eran los mensajitos? –pregunté casi con inocencia.

- Era una especie de “mandá CUPIDO al 2020”, como dijo Toti: una persona mandaba un sms por celular para conocer a tal o cual, porque había visto ese perfil que la empresa mostraba. Entonces, esas personas creían que estaban hablando con ese perfil que creían que era verdadero. Pero no: éramos un montón de argentinos chamuyando en gallego, como si estuviésemos en distintos lugares de España, haciéndolos gastar fortunas con esos mensajitos carísimos que no dejaban de mandar nunca. 

- O sea, ¿cagaban a los españoles? –resumí. 

- Claro, y eso era un poco mi excusa para seguir trabajando ahí: de última cagábamos a gallegos –justificó el Gordo-. Al fin y al cabo, ellos nos saquearon el continente y yo sólo los cagaba con unos euros. Era devolverle algunos espejitos de colores, no más. Aunque, en realidad, no los cagábamos tanto, porque un poco era sostener cierta ilusión, mitigarles un poco la soledad que sentirían como para mantener relaciones por mensajitos… 

Pensé en Celina y en los mensajitos con los que me había encontrado al revisarle el celular antes de separarnos. El Gordo siguió hablando.

- Lo difícil era cambiar de personajes, porque no era que mantenías una sola charla, sino que apretabas enter y te aparecía otra pantalla, con otra persona del otro lado y vos pasabas de ser una señora de 45 a un pibe gay de 20, de un viejo verde de 50 a una estudiante de abogacía de 30. Uno de Madrid, el otro de Valladolid, aquella de Barcelona, y así, ¡Sabés todo lo que aprendí de España! Con una me acuerdo que era profesora de historia y el tipo estaba hasta las manos con ella, así que tuve que estudiarme la Guerra Civil, el franquismo, algo de Lorca, de Miguel Hernández, de Serrat... Eso estaba bueno, aprendía mucho. Era actuar pero por mensajitos, te tenías que comer el personaje.

- Qué loco –dije pensando en esos desesperados-, ¿y cobrabas mucho? ¿escribían muchos mensajitos?

- Algunos hasta tenían sexo por esos mensajitos, que “vaya tío, quiero correrme contigo”, y se daban unas revolcadas alucinantes –seguía el Gordo-, hasta que por allá alguno se enojaba y puteaba y decía que quería conocerse de verdad, que basta de mensajito, porque claro, imaginate, está bien un poco, pero no semanas y semanas, algunos incluso meses esperando por verse y seguían ahí, escribiendo, esperando que esa hermosa relación por mensajitos se vuelva real. Algunos seguían, otros dejaban de escribir, otros puteaban con que era todo una estafa… porque claro, algunos se daban cuenta. Yo me pagué el alquiler dos o tres meses con eso, hasta que conseguí de mozo en un restaurant y bueno, fue. Nunca más volví a ver al tipo del bar, no sé porqué imagino que debe estar en cana.

Justo salió Toti encabezando un trencito gritando somos los piratas, nos gusta la aventura, las noches de bailanta. Agarró a las chicas que gritaban y se reían, que a su vez agarraron al señor que nos había ofrecido cigarrillos. Percibí que vendrían por nosotros y así fue. Los dos que fumaban porro ya se habían ido. El Gordo era la locomotora, yo lo segundaba, y atrás el resto. Dimos una vuelta por el patio y nos metimos en la casa. Nos quedamos ahí hasta que nos fuimos los tres. Toti contaba con orgullo que esa noche se había encarado a todas y el Gordo, mientras lo agarraba para que no se caiga, le respondió que era evidente que tenía que cambiar la estrategia porque se estaba volviendo con nosotros. 

- Me tenés que enseñar a encarar por mensajitos –balbuceó Toti. 

Los tres nos reímos. En la parada del bondi, Toti se durmió, el Gordo ya no hablaba más y yo pensaba en Celina. Me hubiera gustado tener alguien para poder mandarle un mensajito a esa hora. Al menos una del 2020. El domingo amanecía nublado, ideal para dormir todo el día.

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