cada recuerdo que fuimos echando en el fuego
un día tal vez darán calor
Tiro una ramita al fuego hecho con cuadernos viejos y algunos carbones, tiro una ramita más porque me gusta ver cuando prende, crepita y lo reaviva. La humedad o la noche o tal vez sea la tormenta nuestra de cada día la que lo frena, que lo apaga o pretende hacerlo, pero algo resiste. Entonces le tiro este teléfono tan prendido fuego y me quemo estas manos tan en carne viva y pienso en tirarle estos sueños cada vez más densos en estas horas estos días estos tiempos tan a las corridas. Tiro otra ramita y atrás tiro esta cara repleta de insomnio, me arranco un brazo y la pierna (la derecha), tan cansada, y también la tiro. El olor a quemado no es como el de marzo y las primeras hojas de otoño o el del combate contra el frío óseo de julio o el que transpira en diciembre, no. Es verde, tan de noviembre, con tantas estrellas en una noche sin luna. Le tiro el pelo corto y las orejas sucias, le tiro el suicidio del salto al abismo, le tiro el pensamiento de todo el siglo y le tiro las contracturas de la postura frente a la pc y frente a todo lo demás también. Le tiro la espalda maltratada, la pierna que me queda se la tiro por partes, haciendo malabares en el aire que también le tiro a soplidos. Le tiro todo: las malas costumbres, los consejos que dicen que pare, el termo y el mate, los lentes, le tiro a Fito, a Charly y al Indio, le tiro la tormenta completa y los rayos de a uno. Le tiro el horario de cada día, la rutina, y no sabés cómo prende. Le tiro la resaca del porro, este estómago comprimido y esta horrible ropa de camuflaje. Le tiro todo y me quedo mirando esta mano inútil, que la termino tirando, falange a falange, dedo a dedo, hasta tirar la palma, la muñeca, el antebrazo. Y ahora más que nunca me tiro así, con todo lo que queda, con esta sangre que brota, de ojos al fuego y vaya uno a saber qué pasa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario