sábado

Por una picada

La capacidad de cualquier ser humano para convencerse de que lo que hace está bien radica en lograr que un círculo de determinada cantidad de personas, se conozcan o no entre sí, legitime ese accionar. Los ejemplos más fáciles pueden surgir con diferentes gobiernos que siempre encuentran –del lado que sea- eco legitimante, y en caso de que no lo encuentren, es fácil: negocian o caen. Pero no estamos acá para hablar de gobiernos, materia que nos excede y a la que habría que sumarle otro tipo de cuestiones para analizarlos vinculadas a las tácticas y estrategias en función de un proyecto que pretenda instaurar, actores miles o millones de por medio. No: nosotros, las personas -sin ánimos de sacarle esta etiqueta a los gobernantes, claro-, los que nos decimos que estamos abajo, vecinos de a pie, funcionamos como esos gobiernos pero con más mala leche, ya que el círculo siempre es más íntimo y las legitimaciones terminan siendo forzadas, violentas o tal vez, felices.

Entonces, decíamos, lo importante es tener la capacidad de buscar actores cómplices de nuestros actos. Si son testigos, mejor: podrán avalar el hecho al grito de “¡yo estuve ahí!”, “¡yo lo vi!”. Puede que funcionen con un doble filo porque, sin dudas, también pueden ir en contra y la legitimidad no llegará jamás. E incluso peor: puede que el ser humano que busca justificación tenga que pedir disculpas al tercero que saldría perjudicado. Pocas veces pasa esto y debe ser por eso que cuesta tanto reconocerse en falta, agachar la cabeza y susurrar, aunque más no sea, “perdón, me equivoqué”. Los cómplices de nuestros actos tal vez lo hacen -legitiman- desde la inocencia pura, porque creen en ese ser humano actuante, porque está feliz y bueno, es incapaz de hacer mal, pobre, era lo que necesitaba.

La perversión no está en esos cómplices, aunque algunos lo sean pero por motivos ajenos o porque legitimando el hecho que legitiman, se ayudan a ellos mismos a legitimar hechos similares llevados adelante con sus propias manos. Es decir, me mando una y otro se manda una similar, ese otro busca que lo legitime, porque pobre, lo hizo porque no le quedaba otra, y aparece mi cagada, y el otro, que primero buscó mi legitimación, ahora debe darme la propia para yo también salir bien parado. Y a partir de ahí, somos uno y otro, sin la posibilidad de escaparnos, porque acá el juicio crítico brilla por su ausencia y al fin y al cabo lo que nos termina importando es cuidar el propio culo. Que le rompan el culo a un tercero, no importa: se lo merecía.

Porque de los terceros es de lo que se trata, en los terceros se encuentra la necesidad de tener que legitimar nuestros actos. Y no en cualquier tercero: en los terceros directamente perjudicados por nuestro acto y los terceros que nos rodean sentimentalmente. Porque con quórum cualquiera puede avanzar con la conciencia tranquila; ahora, sin un puto aval, te quiero ver justificándote. Quizás tengas razón, pero si no encontraste apoyo, vas a quedar como un loco a los gritos en el medio de la calle, tal vez te roben y encima tengas que volver a tu casa en pelotas.

Y en caso de que no tengas razón, y los terceros te avalen, ahí el juego se pone más divertido. Porque puede que la historia nunca los ponga en evidencia, pero eso es muy difícil: alguna vez, te llegará el momento en el que quedes expuesto y la culpa te caiga con la fuerza que puede tener cayendo desde otro planeta. Lo bueno, es que no te caerá a vos sólo sino también a todo tu séquito legitimante que, lo haya hecho o no con la mayor de las inocencias, es culpable. Al menos, el tercero en cuestión, el perjudicado directamente, claro, los culpará en la debida escala de responsabilidad. No así a los terceros no perjudicados; estos, muchas veces, no toman partido: ni legitiman ni critican, el hecho de hacerse los boludos los deja mezclados entre el todo y la nada, y todo pasa sin que los roce. Porque claro, ante todo, piensan, cuidamos el culo propio, no sea cosa que tengamos que andar enfrentando a alguien o bancando la parada en favor del perjudicado. Pero, se sabe, el que sale perjudicado, justamente, es el perjudicado ya que el lavaje de manos suele ser un acto legitimador.

El perjudicado es el problema. El logro mayor sería lograr que él también te legitime. Con esa legitimación serías Gardel. Pero si él no te legitima, seguirá trabajando en las sombras, día y noche, para hacerte sentir la culpa vibrar en tu piel, sin que puedas dormir tranquilo por las noches, pegándote donde más te duela para que saltes y vos, te reprimirás, porque sabés que estás en falta, saltar sería ese paso en falso que significaría exponerte y que te lluevan dardos de conciencia desde cada rincón imperializado, conquistado por el tercero vengativo. Los grafitis del barrio te denunciarán cada vez menos implícitamente, tendrás miedo a caminar solo por los escraches, leerás ‘traición’ en alguna parte y te sentirás aludido.

Entonces, con cagarlo a palos no iba a alcanzar: cada vez que lo he hecho nos hemos trenzado en peleas sin fin en las que siempre terminaba cediendo para poner coto y que reine la paz en la vida. Llegué a casa, como casi todos los días, y me había comido el salamín y el queso que, prudentemente, había puesto arriba de la heladera. ¿Cómo lo comió? Con ayuda de mi hermano que olvidó la silla al lado de la mesada, sin imaginarse las posibilidades, astutas, por cierto, de que el perro se haga el camino guiado por el delicioso olor de esa picada envuelta subiéndose a la silla, de ahí a la mesada, y de ahí, a un pasito no más, a la heladera. Siempre se resistió a su alimento, no es que lo teníamos hambreado. Y llegué, y lo vi, arrinconado, culposo, sin haber podido encontrar legitimidad en nadie más, porque mi hermano aún no había llegado, y supe que algo había hecho. Vi entre sus dientes el hilo del salamín. Corrí a buscarlo arriba de la heladera y, por supuesto, no estaba. Volví a enfrentarme cara a cara con sus dientes y su rabia que empezaba a hacerme fuerza. Lo golpeé, hasta el cansancio. Me enceguecí de ira hasta que dejó de moverse. En el momento, no supe qué hacer. El espejo fue el único que me vio. Tal vez, el reflejo de la ventana que da a la calle también, pero estaba muy sucia. Rápidamente, lo saqué envuelto en trapos y bolsas, y lo enterré en el patio de casa. Nadie podía verme. Cuando mi hermano llegó, le pregunté, con mi mejor cara de nada, por el perro: “¿Lo dejaste afuera hoy antes de irte?”. Lo hice pensar, no lo recordaba. “Ya volverá”, dijo, “siempre vuelve”. Yo sabía que esta vez no pasaría.

Si mi hermano hubiese llegado antes que yo, el perro nunca hubiese pagado por lo que había hecho. Ahora, podemos decir que sí. Con ese salamín y ese queso, además, pensaba invitarlos a ustedes a comer una picada y tomar unos vasos de cerveza. Espero que sepan entender. No respetó los códigos de una convivencia colectiva. Es más: se cagó en ellos. Y no podía tolerar que mi hermano lo legitime, porque me hubiese obligado a reprimirme la ira que me desbordaba. Por eso maté a mi perro. Pero por las dudas, esto es una fábula y que nadie se escandalice. Al fin y al cabo, era un perro, y era mío, a ustedes, no los perjudica en nada. Tienen el debido permiso para hacerse los boludos.

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