jueves

Un día lluvioso

Todavía no pasaba nada, todavía los días seguían su curso como la naturaleza manda: de principio a fin, de izquierda a derecha. Al menos, en Occidente, claro. En Oriente, dirían que es distinto, pero eso serían tres mangos aparte. El cielo, taponado de nubes. La lluvia hacía lo propio, los autos patinaban sobre los adoquines, los árboles perdían más hojas que de costumbre. El calor podría haberse ido pero no, le gustaba estar acá, pegoteando la espalda y la remera, formando gotas gordas que, si no existiese la gravedad, no rodarían por la sien, la cara, el cuello, el pecho. Por momentos, el silencio me hacía acordar que no había música sonando y ponía algo para rellenar la casa, como si los ambientes fuesen las páginas de uno de esos libros para colorear. Una de las pocas plantas, al igual que los árboles de la vereda, se deshojaba, y daba la sensación de que era puro llanto.

El perro me miraba desde abajo de la mesa, y se rascaba; siempre se rascaba. Me sonó el teléfono (fue raro, casi nunca sonaba), y no atendí. No volvió a sonar en toda la tarde. El número era desconocido y, por definición, no atendía números desconocidos: o era alguien para vender algo o era alguien que presuponía que no lo atendería si aparecía su nombre. Estaba tirado en el sillón, mirando la nada misma y escuché el desliz de un papel por debajo de la puerta: nada interesante. Me acordé de vos, pensé sobre qué andarías haciendo, no llegué a nada y puse el agua para el mate, abrí una ventana con la persiana baja para que entrara un poco de aire sin lluvia. El perro me apareció atrás, me saltó y apoyó sus patas en las mías, quería pasear y le tuve que decir que llovía, que no podíamos salir en ese momento. Creo que entendió, porque bajó y volvió a su lugar, debajo de la mesa.

De a poco, la lluvia paró y el cielo empezó a verse entre las nubes que se abrían, con el viento que acá abajo era una brisa, suave, lenta, que hacía bailar a las ramas de los árboles en un compás de 2 por 4. El disco se terminó, y el silencio volvió a inundarlo todo. Pasaron algunos colectivos por la puerta, casi sin pasajeros. Abrí la novela donde estaba el separador y me tiré en la cama. No logré concentrarme, entonces cerré el libro y lo apoyé en mi pecho, mientras miraba una araña, esas de patas largas, caminando en el techo, y afuera, lentamente, volvía a caer la lluvia.

Ahí me quedé dormido y soñé con un amigo, que me despertaba clavándome un cuchillo en la espalda. La sangre manchaba las sábanas, el grito era mudo, sacado de una película de Chaplin. No escuchaba más que sus risas, las de él y las de una mujer, que no logré verle la cara, pero que me sonaba familiar. Arrugué el libro con el apretujar de mi mano, me esforcé en abrir los ojos y no pude, mis párpados se pusieron blancos, y eso fue lo último que vi. Tuve la sensación de que todavía seguía sin pasar nada.

Pero algo estaba pasando: Llovía, torrencialmente, y no sólo afuera.

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