jueves

Voces

“Estamos rodeados”, pensó el paranoico más famoso del barrio, Equis, sentado en el rincón más oscuro de su cuarto, con la luz apagada y un silencio aplastante en toda la casa. A Equis no le gustaba salir a pasear, “mirá si nos pasa algo”, mucho menos estar en pareja, “mirá si me hacen mal”, pero su peor problema no era la relación con los demás, sean hombres o mujeres, o cualquier otra fórmula del género de este siglo, sino que le temía a las voces que escuchaba todo el tiempo. De una, se había podido hacer amigo, y esa era la que incluía desde ese rincón, cuando decía “estamos”. Por las noches, iba a trabajar: era sereno en un edificio de oficinas, a la mañana cuando empezaban a llegar los empleados, gerentes y esa gente, él se iba a su casa, a intentar escuchar y ver a la menor cantidad de gente posible, lo necesario y obligatorio: el almacenero, quizás el vecino, algún kiosquero y listo, no mucho más. Caminaba por las calles, en los horarios de menor circulación, yendo y viniendo del trabajo, o cuando alguna voz ajena a la de siempre le decía algo en su casa, él huía, perdiéndose en el barrio, por esas veredas muertas. Leía las paredes, cada graffitti, los afiches pegados, unos encima de otros, los avisos de perros perdidos, los nombres de las calles, “prohibido doblar a la izquierda”, los nombres de los autos, los números de las casas, los carteles luminosos de los locales, las ofertas, los puestos de diarios, los volantes tirados en el piso, las propagandas electorales, hasta que no lo aguantaba más, y volvía corriendo a su casa, a arrinconarse y pensar o susurrar que “estamos rodeados”. Y no escuchaba respuesta alguna.

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