lunes
Esos
Esos que están todo el tiempo ahí, firmes, como los patricios en la Rosada, como las estatuas de las plazas, como el mástil de la bandera. Son esos que tienen el mismo código Morse, que con solo echar un vistazo descubren la realidad, y comparten vicios y virtudes. Todos los que hablan y no cansan, o un poco, o mucho, pero que se escuchan hasta el final, de uno al otro o del otro al uno. Compañeros de ruta, de avenidas y de bicisendas, de noches largas y frías, de playa o boliche, de mesas y cartas, de botellas y sin tiempos. Sostenes de la propia estantería, como las patas en una mesa, como los cimientos en un edificio, como las raíces de los árboles o el aire para los pájaros, como columnas y tirantes, como el equilibrio y la gravedad. Son de ese material duro, como adoquines o cemento seco, como una piedra o un paredón, de palabras justas o de sobra, pero de palabras al fin. Son los filósofos con los que cualquiera se rodea, los politólogos o periodistas desde lo cotidiano, compañeros de equipo y del club o del clan. Son los que más allá de las vueltas que tenga que dar una rueda para acercarlos, se las rebuscan para aparecer en la silla de al lado. Son esos que a cada uno reafirman, los que se divierten como parte del mismo circo, los que traducen el mismo idioma. Son esos a los que el tiempo no mutila ni envejece; son los que viajan en el mismo bondi hacia alguna parte que desconocen. Como una letra y otra para formar una palabra, como un escalón al siguiente para ser escalera, como un pelo a otros para no llegar al peluquín, se necesitan mutuamente, permanentemente, constantemente. Son esos que llaman y cortan, que burlan y juegan, que cantan y patalean, que viajan y vuelven, que bailan y caminan. Son esos. Esos.
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