martes

Vienen por el dulce de leche

Las diferencias más groseras que he tenido siempre con otros, esas que me han llevado a putearlos sin filtro, a pegar donde más duele, a no atender el teléfono, a la indiferencia total, generalmente han sido las formas con las que se pretende llamar la atención de los demás.

Mi hermano, por ejemplo, es un payaso. Cada vez que hay gente, tiene que contar chistes, hacer morisquetas, agarrar a alguien de punto y bardearlo; la obviedad lo lleva a elegirme a mí, claro. O tal vez se vuelve artista y toca la guitarra, y canta, y se hace el compenetrado, el serio, el “mirá que bien canto”. Y yo lo miro, lo acompaño, desde el silencio cuando habla, desde las risas cuando me bardea, desde el acompañamiento cuando canta.

Esa forma de él, me molesta un poco. Si tuviese un poco más de irrespeto por ese tipo que salió del mismo vientre que yo, un año antes, me levantaría y me iría, con sorna en mi cara y diciéndole: sos un fiasco. Él, seguramente, no entendería. Y yo no le explicaría nada, sólo me reiría a carcajadas.

Lo que no me banco, no es que quiera llamar la atención. De alguna manera, todos, todo el tiempo, queremos llamar la atención de los que nos rodean y de los que no también: no vivimos para regodearnos en nuestro propio ego, sino para hacer nuestro ego en función de lo que digan o hagan los demás de o con nosotros. Lo que no me banco de mi hermano es esa forma de hacerlo: así, tan evidente, tan obvio. Sólo le falta andar con una remera que tenga la consigna diaria impresa: “Hola, quiero llamar la atención”.

Con él no puedo hacer eso, de levantarme e irme. Todavía tenemos una madre que compartir y, además, es mi hermano. Qué se yo. Con otros, en cambio, lo he hecho. Algunos fueron de esos que pretenden llamar la atención siendo los más machos del barrio o las más libres de la cuadra, que andan por la vida todo el tiempo mirando o queriendo mirar más alto de lo que les da el talón, altaneros, argumentando su vida llevándose al resto por delante, y cagándose como patos a medida que dan un paso. Sobre otros, claro. La gente de mierda, es mierda porque no encuentra otra manera de disfrutar su propia forma de llamar la atención. Y los que los acompañan, alcahuetes, peor, porque llaman la atención a la sombra de la mierda. Esas formas de hacer el ego suelen molestarme un poco más, pero después se me pasa. De última, cada cual llama la atención como quiere.

De un tiempo a esta parte, el llamado de atención que más me molesta es el que yo mismo estoy practicando. Y empezó casi sin darme cuenta, allá, hace como diez o doce años, cuando vi que empezaban a poner cámaras en toda la ciudad, usando como excusa la inseguridad de entonces, para filmarme. Sí, a mí. Nada más estaban por los lugares en los que me movía, la onda era seguirme vaya uno a saber por qué; estaba un poco de moda eso de filmarse y filmar la vida de la gente. Pero, a diferencia de otros, no se lo decía a nadie. No quería que me crean paranoico.

Pero eso siguió. Las formas de dispararme empezaron a tener formas muy diversas. Mi ex mujer me dejó y se casó con un compañero de trabajo -no de su trabajo, sino del mío-, que a los pocos meses pasó de compañero a jefe, y a los días, me echó. Después, se perdió mi perro, se me quemó el televisor y se murió una planta de faso que mi sobrino me había traído para que le cuide. Mi hermano, además de ser un payaso, tiene miedo de que los vecinos lo denuncien.

Era inevitable pensar que la historia tenía el centro puesto en mí, y empecé a comportarme como tal: todo lo que pasaba alrededor era a favor o en contra mío, era la víctima o el héroe del asunto. Esto, tampoco se lo conté a nadie, aunque supongo que se habrán dado cuenta.

Pasaba el tiempo y sólo recibía cercenamientos, y no libertades. Me marcaban las formas de comportarme a diario, primero, de forma genérica, en el trazo grueso. Después, empezaron a afinar la puntería, y me dictaban los días. Y ahora apuntaban a los placeres cotidianos, a lo particular, al detalle. Uno de los últimos ataques llegó hace un mes, aproximadamente, cuando me entero, ya por los medios nacionales, que subió exponencialmente el precio de la yerba. Eso, me indignó y de la indignación siempre surge algo nuevo. Sacándome la yerba de la alacena, creaban un nuevo mártir a quien le cortaban las piernas, de nuevo víctima y también héroe. Encima no tuvieron el tupé de decírmelo en la cara, sino que me enteré por los diarios.

Pensé qué hacer, cómo defenderme, cómo marcar mi cancha. Y decidí que lo que quedaba era adelantarme a su próxima jugada, ahí sí una dosis de paranoia serviría. Cómo seguirían avanzando sobre mis decisiones, mis cosas, mis placeres. Adónde dirigirán su próximo misil. Cuál era su plan.

Llegué a la conclusión que, pensando en frío, era obvia: vendrán por el dulce de leche. Corrí al supermercado y todavía los remarcadores de precio no habían llegado. Entonces, conté la plata que tenía encima y llevé tantos tarros como me era posible, y volví corriendo a casa. Los guardé en la heladera y me senté en el piso, apoyando mi espalda en la puerta.

Por ahora paso mis días acá, encerrado. Hago vigilia en la cocina por las noches y en el día salgo lo justo, dejando el candado trabado en la cadena de la heladera. Todavía no han venido a sacarme nada, ni una cucharadita, nada. Pero acá estoy firme. No me sacarán el dulce de leche, no. Nadie. Ni siquiera lo intenten, pienso y susurro, para que me escuchen los que escuchan. Antes creí que no, pero en definitiva así es como llamo la atención. Y me molesta: no puedo continuar mi vida defendiendo potes de dulce de leche.

Todavía no llego a putearme tanto, pero sí a serme indiferente, ya no me atiendo el teléfono a mí mismo y me golpeo cada vez que puedo. Sabemos que el mandato de la historia no siempre condice con nuestros deseos. Es decir, no es muy grato hacer historia si se trata de cuidar dulce de leche, pero es lo que corresponde aunque me moleste. Algún día, tendré que llamar la atención haciendo y quizás todo esto cambie. Pero el dulce de leche no me lo sacan.

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