viernes

Esa noche [primera parte]

Es así y, según los creyentes, un tal Murphy ya lo dijo: cuando rogás que todo salga bien por equis fin, algo necesariamente va a salir mal. Necesariamente, sí. Es cierto que podemos enumerar cientos de posibilidades que sean aún peores, que de veras hayan modificado el orden corriente de las cosas, que incluso hayan generado malestares graves. Pero graves en serio, claro. Aunque, si nos ponemos exigentes, esa noche, en ese momento, eso que -necesariamente- tenía que salir mal, impulsó pensamientos vinculados al suicidio o incluso a la desaparición material, sin dejar rastro alguno, quizás solo vagos recuerdos, asociados a un misterio de poca relevancia. Después, di cuenta del nivel de exageración en el que incurrí. “Nunca te hagas caso en esos instantes en los que no sabés pensar”, dije en voz baja, en el posterior repaso de la situación.

Esa mañana, había decidido limpiar la casa. Una vez por mes suelo ponerme objetivos así de ambiciosos. El despertador había sonado a las nueve; un horario prudente para un sábado en verano. Quince minutos después, corrí la sábana y el acolchado y salí de la cama, y la arreglé. Cepillé mis dientes en el baño, largué los primeros desechos (¿o serían los últimos del día anterior?), lavé mi cara, “mañana voy a tener que afeitarme”, pensé. Cargué la pava y, sujeto a la costumbre, me dispuse a preparar un té. Pero me frené antes de prender la hornalla. Y cambié por una chocolatada. “No hace calor, pero tampoco tengo frío”, le dije al saquito de té mientras lo guardaba. Y me reí. Tomé la leche con vainillas que había en la alacena, prendí la radio y escuché que la temperatura rondaba los treinta grados, “el té escapaba a la realidad, sí”, murmuré, “era un desatino a la verdad”. Bajé las persianas de las ventanas que miran los edificios del oeste y alguien desde los parlantes cantaba “no me escribas la pared…”. Solté la correa de las persianas, me di vuelta, avancé un paso y sonó el celular.

“Qué hacés hoy a la noche?”, preguntaba el mensaje que, los primeros segundos, me hizo pensar de qué remitente venía, cuál era el de mayor porcentaje dentro de las posibilidades en ese momento, de acuerdo al desarrollo anterior de cada relación personal que yo creía que engrosaba el número de posibles autores de semejante pregunta. Por supuesto, la primera y única respuesta a la que llegué antes de ver, al fin, el remitente más abajo, fue: “Uno de los chicos”, entendiendo, claro, como “chico”, alguno de mis amigos. En el caso de que no hubiese llevado al extremo, a la hora de razonar, esa idea (que cada tanto hegemoniza en mi debate interno) fundada en que no hay mujeres que me piensen como primera posibilidad -pero sí como segunda o tercera y por eso es que no me disgusta convivir en esa hegemonía-, y no haber llegado a la conclusión de que el remitente era alguno de mis amigos, en ese caso, en el que me hubiese dado chances con alguna de esas mujeres que, más o menos forzadas, podría incluirlas en ese selecto grupo de potenciales escritores de ese tipo de preguntas (“¿qué hacés hoy a la noche?”), incluso, claro, en ese caso, no hubiera imaginado nunca ese remitente. ¿O se dice “esa remitenta”?

Por tres minutos, todavía no eran las diez. La pregunta era abierta. No me invitaba a hacer nada concreto, no me decía algo como “¿querés ir a tal lado?”, no, no eso. “Qué hacés”, me decía, me cuestionaba. En algún punto, me presionaba. No podía quedarme en silencio -aunque técnicamente no sea esa la palabra adecuada. Tenía que responder ese mensaje que, si bien nunca lo había pensado, siempre lo había esperado. Ahora, tenía que concentrarme en esa respuesta. Y empecé a limpiar los muebles, adornos, estantes, sacando el polvo y repasando con una gamuza y Blem, barrí, pasé la aspiradora en la alfombra, en el sillón, en los zócalos, en los marcos de las ventanas, ordené los papeles del escritorio y tiré varios. Paré a analizar el estado de situación y vi la suciedad de los vidrios. Busqué las cosas, y los limpié, “ahora se puede mirar para afuera”, creo que pensé. Guardé los trapos, balde, aspiradora, aerosoles, las bolsas y me lavé las manos. Agarré el celular, creí que media hora después era correcto responder, como la dosis justa que no muestra ansiedad ni desesperación, sino que crea una imagen de postura relajada, con disponibilidad para entrar en el juego propuesto a partir de un signo de pregunta.

"No tengo ningún plan, todavía…”, escribí, así, abriendo la puerta con ese “todavía” y esos puntos suspensivos. Por supuesto, al instante me sentí un imbécil. Si hasta “plan” estaba bien, ¿por qué te hacés el canchero, el galán de telenovela (¡por mensaje de texto!) agregando “todavía” y esos puntos suspensivos? No me va a responder o va a tirar alguna evasiva. Todas lo hacen cuando huelen la estupidez, imagínese cuando la leen en un mensaje de texto.

Sin embargo, respondió: “Vamos al teatro hoy? A las 22, Infinitos carteles se llama, en el Ciudad”. Lo primero fue evaluar que, definitivamente, ella tenía un umbral de tolerancia a la estupidez demasiado alto para mi gusto. He adquirido, sobretodo en los últimos tiempos, cierta aceptación a la pluralidad, y acepté ese nivel de tolerancia de su parte. Después me di cuenta que no había sido producto de la tolerancia, sino una chance que agregaba, para ponerme en el aprieto de no volver a equivocarme: “es tu última oportunidad”, gritaba ese mensaje, y volví a sentir la presión que me había provocado el primero.

[Primera parte]

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