Estudié el escenario, sentado. Sabía que la respuesta iba a ser afirmativa: quería ir al teatro con ella. En realidad, quería compartir algo con ella y si tenía que ser teatro, que sea (al fin y al cabo, el teatro no era una mala propuesta). Pero tenía que pensar cómo le respondía, contemplando todo lo que detrás de esta situación se decía, de forma implícita. “Bueno, dale. Ahora sí tengo plan. Te paso a buscar?”, le escribí luego de confiar en que todo eso que estuviese detrás, lo implícito, eso que originaba que minutos antes de las diez alguien formule, escriba y me envíe esa pregunta, no tenía que saberlo todavía: podía aburrir el juego y, pum, terminarlo. Cuando el juego deja de divertir, es mejor darle aire; quizás en otro momento se retome, quizás no. Y no podía arriesgarme.
Después volví a analizar mi respuesta. En una primera instancia, vi desgano o algo relacionado a la resignación en mis palabras, que también podrían interpretarse como canchero, como si lo hubiese escrito con el tono de que sí, dale, te doy una chance a vos también, y me volví a sentir un imbécil. Al rato, continuando el análisis, concluí en que esas palabras (“Bueno, dale…”) no mostraban resignación sino que habían sido una forma de delatarme entregado, sin brindar resistencia alguna, sin jugar a eso que traducido llamamos histeria. Y ella, además, me conocía: no podía estar haciéndome el canchero con nada y sabía (las mujeres siempre saben) que no iba a rechazar la propuesta o, lo que es igual, que iba a regalarme en la primera oportunidad. La obviedad es una constante creciente desde mi adolescencia, tiempos en los que nos conocimos.
Ella iba al mismo colegio que yo, o al revés: yo iba al mismo colegio que ella; cuando empezábamos tercer año cambié de escuela y entré en su mismo curso. Éramos más de cuarenta, al principio no hablaba con casi ninguno, pero no tardé demasiado en formar mi grupo. Ella era parte, claro. De los varones, fui siempre el que pasó desapercibido para las chicas, lo que no significó que yo deje de involucrarme con ellas y de buscar maneras de llegarles llamando su atención como pudiera. No logré demasiados resultados, pero entre los pocos conseguidos, está ella.
Sofía, se llama ella, siempre me gustó su nombre. Tuvieron que pasar más de dos años, ya casi terminando el último antes de la universidad, para que una noche de octubre (jueves, creo), volviendo de comprar unas golosinas, Sofía me agarre la mano, me dé vuelta y me encaje un beso. Ese beso se prolongó hasta la tarde del día siguiente, cuando por fin nos despedimos, sonriendo en la puerta de su casa, porque sus padres estaban por volver de viaje. Fue mi novia durante prácticamente siete meses, hasta que se fue a estudiar a Buenos Aires. En aquel momento, yo me quedé allá; intentamos seguirla pero no tenía sentido. “No todo tiene que tener sentido”, me decía cuando le planteaba que así no podía, que así no le veía sentido. La fidelidad es una farsa si se tiene que viajar más de trescientos kilómetros para hacer el amor: o viajábamos más seguido o no exigíamos fidelidad. Ella, negaba la primera. Yo, la segunda. Y terminamos.
El tiempo pasó y todo aquello que se asemejaba lo suficiente a eso que solemos denominar amor, desapareció. Nunca más volvimos a darnos un beso, y no por falta de oportunidades. La relación se tornó amistosa, cada uno relajado, por su cuenta, con sus nuevos noviazgos, y lo poco que había quedado era algún álbum de fotos y los papeles de las golosinas que habíamos comprado aquel jueves de octubre. Los amores adolescentes suelen ser más románticos.
Cinco años después, el que se mudó de ciudad, fui yo, y a la misma en la que vivían Sofía, varios amigos más y un hermano. Tampoco volvimos a tener ningún cruce, más allá de la relación amistosa enredada entre las demás relaciones de todo el grupo de amigos. Hasta que una mañana, poco después de cumplir dos años de compartir la misma terminal de ómnibus, la misma plaza central, el mismo prefijo en el número de teléfono, Sofía desde su cama, quizás, hojeando el diario por internet o encontrando en su cartera algún panfleto, leyó “Infinitos Carteles” y, sólo por ese nombre, le dieron ganas de ir al teatro a ver esa obra. Conmigo, y me escribió.
Así es que llegamos acá, cuando ella me responde que no, que prefiere encontrarse ahí en la puerta del teatro, media hora antes, que un beso. Desde el momento en el que terminé de leer su mensaje hasta que efectivamente nos encontramos, no paré de preguntarme una y otra vez qué era lo que estaba pasando. Más de siete años después de la última cita, Sofía me invitaba a una sin que haya existido alguna instancia de reacercamiento previa, sin ningún tipo de roce, sin, incluso, algún diálogo alusivo a volver a cruzarnos. Eso me entretuvo mientras terminé de limpiar mi habitación, el baño, el comedor y la cocina, además de lavar ropa y tomar dos pavas de mates: los de antes del almuerzo, con un poco de azúcar y los de la tarde, amargos. Después hice tiempo, me duché y cinco minutos antes de la hora que habíamos acordado, estaba ahí. Esperando. Y hasta que no la vi bajar del taxi, con el pelo suelto y largo, vestida con ropa que usa para ocasiones relajadas, esas en las que no tiene que cumplir con nadie más que con su propio bienestar, mi cabeza dudaba que toda la escena, que ya estaba por cumplir doce horas de rodaje, no era real.
Nos saludamos, alegres, y creo que no dije nada de lo que ahora pueda arrepentirme. Sobretodo, claro, después de que sucediera lo que necesariamente tenía que pasar para que algo saliera mal esa noche. Pero para eso todavía faltaba, la obra recién estaba por empezar, y nosotros, a unas diez butacas de la puerta de salida, al fondo, y a otras diez del escenario, esperábamos sentados de frente, ella a mi izquierda, (“prefiero de ese lado”, me había dicho), con las luces apagadas, y en silencio.
[Segunda parte]
y? La intriga señor! La escritura se toma vacaciones? Gracias! Besos!
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