domingo

Puta

Dijo que casi, pero no, y puta. Casi. Siempre es casi. Porque para llegar al todo, hay que hacer un esfuerzo, y claro, ese esfuerzo que no llega, que no sale, que no, y puta. Puta madre, dicen. Puta vos, gritan. Y se cruzan los puta de un lado y los puta del otro.

- ¿A quién le decís puta? –preguntan.
- A nadie y a todos a la vez –se responde, intentando decir algo pero no diciendo nada.
- No, me estás diciendo a mí –salta una de atrás, a los gritos locos, haciéndose cargo de la palabra.
- ¡Pero, la puta! –dice el otro, que intenta escapar de la situación y solo logra profundizar la tensión.

Puta que va, puta que viene. La puta del barrio se acerca y les dice que no sean pelotudos, que nadie puede estar haciéndose cargo cada vez que se dice puta al aire. Por momentos, parece una escena de Capusotto, pero es real y las caras de los que están allí presentes, que cada vez son más, lo reflejan. Puta. ¿Cómo mierda empezó todo esto? Nadie sabe ya, y lo que importa no es el principio, sino todo lo que pasó durante. ¿Cómo se retrocede si en el medio hubo más puta con dedicatoria que en todo el tiempo previo? Puta, che. Pero, ¿qué pasa? Nada, pero viste cómo es esto. Putas hay en todas partes, piensa un viejo vecino, y las hubo siempre, nada más que ahora se han multiplicado y la mayoría no se hacen cargo. Pero usted, señor, le responden, usted está hablando de mujeres y no todos están hablando de mujeres. Ah, no sé entonces, dijo el viejo, a mí me dicen puta y yo entiendo una sola cosa. ¡Pero, señor! ¿Acaso usted no dice puta por algo que no le sale como esperaba?, cuestionan desde alguna parte cuando ya la multitud se congregaba sin convocatoria alguna en la esquina más transitada. Sí, decía el viejo, pero no en la forma que ustedes están usando, lo digo con otro tono, con otros gestos, uno no puede andar diciendo puta por ahí sin pretender sanciones moralistas, resumía con el respaldo que la daba la experiencia.

Puta de acá, puta de allá. Nadie entendía nada y era imposible ponerse de acuerdo. ¡La puta que vale la pena estar vivo!, gritaba un loco, una y otra vez, desde el fondo con cara de felicidad. Y el resto lo miraba, y no le decía nada. Porque, claro, era válido el grito, y metía en la discusión una nueva manera de decir puta en esta vida. Puta.

-          ¿Qué pasa? –preguntó sintiéndose aludida una piba de la zona, pero disimulándolo de buena manera.
-          Nada –intentaba explicarle uno que no entendía ni medio-, pasa que ya no permiten decirle puta a nadie ni a nada.

Puta es cuando nos quejamos, puta es cuando nos cobran, puta es cuando nos maltratan, puta es una astilla que se nos ensarta en la planta del pie, puta madre, puta de mierda, puta porque se nos acaba de pasar el bondi, puta porque casi casi llego antes, puta porque casi casi lo logro, puta porque no me queda otra, puta porque está con otros, puta, no me cree nada. Puta que se regala con moño, puta que te llama por teléfono, puta que sabe cómo la miran, puta que anda por la vida sonriente, puta que no es mujer, puta que ya se termina, puta que quiero que siga, puta que no seas así, qué hijo de puta y la puta que te parió.

De un momento a otro, el griterío anuló las discusiones y sólo servía gritar y gritar más y más. ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! Y la gente mayor, que se cansa rápido de las discusiones sin sentido, se levantó de sus reposeras, las plegó y se acomodó en el patio de su casa, debajo de la enredadera, para dormir una siesta. Los hombres y las mujeres que tenían que trabajar, decidieron seguir con eso que debían hacer y dejar de debatir sobre una puta palabra que no le cambia la vida a nadie, o eso dijeron, como para quedarse tranquilos y seguir sus caminos. Puta, dijo un borrego que arrancó en su bicicleta. Y quedó, ahí, una pareja, que no podía entender qué carajo había pasado como para hacer de una pequeña conversación una congregación social. Puta, dijo ella. Puta, dijo él.

Se rieron, y dejaron al descubierto la esquina, con una pintada de aerosol que sólo decía una palabra de cuatro letras, que empezaba con p y terminaba con a. Una hora y media más tarde, los bomberos, con la manguera de chorro a presión, la borraron en menos de diez minutos. No es fácil decir algunas palabras sin esforzarse en aclararlas, pensaron, y no podemos dejar que además de esto, pretendan aclararla con una pintada mayor. Puta, dijo el autor de la pintada. O, al menos, eso se supone, porque hasta el momento, no apareció.

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