Es un segundo, o menos, incluso. Pero no pasa desapercibido como tantos otros (como estos, de ahora). En ese instante en el que encaramos la última mayúscula, la última coma, el último verbo, y al fin, el punto final, la travesía se vuelve un tanto excitante, mezclada con ansiedad y un atisbo de nostalgia o melancolía de cierre, contrastado con esa necesidad de conocer ese final, de llegar a esa hoja en blanco anterior a la contratapa, ese sentir que nos deja el the end de una novela o un libro de cuentos. Esas historias que te asimilan, que te meten a nadar entre cada punto, cada letra, te secuestran los ojos, te cruzan las ideas, te reflejan tus deseos, tus pesares, tus sonrisas. Una de esas terminé hace un tiempo –horas, días- y todavía me tiene acá, preguntándome, entre otras cosas, si cada historia que leemos termina cuando terminamos de leerla, si los puntos finales, en realidad, no son suspensivos, si esas ficciones reales o esas realidades ficcionadas no se meten en nuestros calendarios.
El hombre que empieza, allá, en algún rincón del tiempo y de las páginas un tanto gastadas, a sortear las lomadas de burro, los adoquines salidos, los baches del asfalto. El hombre, el mismo, que arregla, o intenta arreglar, las plantas de la casa, podando un poquito por ahí y otro poquito allá, con agua hoy y mañana no tanta, con la radio de fondo en su ausencia o con sus cantos, a los gritos, sin testigos, imitando a quien podría ser Páez, Aristimuño, Solari o Morrison; tal vez otro. El mismo hombre que hace equilibrio sobre un cable que separa los mundos en los que habita, el propio y el que siente más ajeno, pero que lo incluye, que lidia con las contradicciones de un despertador diario y los deseos nocturnos, de luna, estrellas y sudor, y en esas mediciones, constantes, de poner peso de un lado y la misma cantidad del otro, a ese hombre, se le desmorona y sólo queda él, el hombre y su cable, enredados. El hombre que recorre los capítulos, enumerados, del uno al doce, llega a estar encerrado en un cubo, de cemento, al que se le achican las paredes, que lo comprimen, y el hombre se dobla, pero no se rompe, se dobla más y sigue sin romperse, y doblado como está, se queda, enredado, entre sus piernas, sus brazos y sus intenciones. Ese hombre que aparece, sin explicaciones, en el medio de la nada, perdido, con un suelo de tierra, árida, con un cielo oscuro, negro, sin luz, sin agua, sin vida, inundado por un humo gris. Ese hombre llega, caminando, a las orillas de un río que se lleva casi dos hojas de adjetivos y descripciones, en el que se mete y no sale, primero por deseo, luego por impotencia, finalmente por el cansancio que lo duerme. El mismo río lo escupe, varios metros más allá, al mismo hombre, sin ropas pero con toda su memoria, que lo devuelve a una cama, la misma de siempre, pero distinta por algo que no logra darse cuenta. Ese hombre, la mira, a la cama, y no ve la diferencia, la mira, un buen rato, y sigue sin encontrarla, y duda de su percepción, quizás está igual, piensa, sin contemplar la posibilidad del olvido. El hombre que llega, corriendo o nadando, saltando o esquivando, durmiendo o cantando, a meterse entre esas últimas frases que parecen aliviarlo y a su vez afirma huellas sobre la continuidad de la historia. Y que en la última recta, como disimulando, sonríe, sabiendo que no hay capítulo trece. Ese trae mala suerte, dice.
Y ahí, en ese instante, vemos el punto, el último, y abajo, en el extremo inferior, el número 365 la hoja en blanco que damos vuelta, la contratapa, y la mano encima. Miramos sin mirar, pensamos en el hombre, en la historia, en esa forma de narrar que no todos tienen o que abunda, y, tal vez, después, preparamos un mate o tomamos un helado. Y ese segundo pasó. Nadie es el mismo después de una historia que merece ser contada.
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